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MIRADOR

«El Estado soy yo», parece pensar Rajoy

Rosa Paz

Mientras los ciudadanos siguen esperando una explicación veraz del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, sobre las acusaciones formuladas por el extesorero del PP Luis Bárcenas, ahora ya ante el juez de la Audiencia Nacional Pablo Ruz, y que le apuntan a él y a otros miembros de la cúpula popular como receptores de sobresueldos provenientes de una supuesta financiación ilegal del partido, el jefe del Ejecutivo se parapeta en frases precocinadas -y ni tan siquiera memorizadas para transmitir espontaneidad o naturalidad- como que «el Estado de derecho no se somete a chantaje».

A menos que Rajoy conozca otras intenciones aviesas del ahora declarado «delincuente» por los mismos dirigentes del PP que antes le tildaban de probo compañero, parece que la embestida de Bárcenas con sus famosos papeles, su contabilidad B, sus sobres de estraza y sus recibís va dirigida contra el presidente y su partido y no contra el Estado. Salvo que Rajoy se haya creído, como el rey absolutista Luis XIV de Francia, aquello de «el Estado soy yo».

La estrategia del presidente de tratar de confundir su responsabilidad de gobierno con la estabilidad del Estado no le ayuda a salir de un atolladero que, lejos de desatascarse, crece día a día. Menos aún si con sus argumentos sugiere que como jefe del Ejecutivo podría haber hecho otras cosas, es decir, ceder a la extorsión de Bárcenas y frenar las investigaciones de la UDEF, relevar a las dos fiscales que se ocupan del caso en la Audiencia Nacional o presionar al juez, porque solo con esa insinuación cuestiona la credibilidad de ese Estado de derecho y se hace un flaco favor a sí mismo. Y minimizar los SMS que se cruzó con Bárcenas -dándole ánimo y pidiéndole que fuera fuerte incluso tras conocer su fortuna en Suiza- con el argumento de que el extesorero no se ha librado de la cárcel no supone solo un intento de eludir responsabilidades por su actitud complaciente con el ahora inquilino de Soto del Real, sino que es un razonamiento irritante que daña todos los sentidos, en particular ese sentido común del que tanto presume Rajoy.

Urge que el presidente acuda al Parlamento a dar explicaciones, a contar qué hay de verdad en las acusaciones de su extesorero, sin esperar a que ni el PSOE ni nadie presente una moción de censura. Porque sus evasivas sí que deterioran la credibilidad del Gobierno ante los estupefactos ciudadanos y ante esos temibles mercados que ahora lo ven en la picota de la prensa extranjera. Sería un error posponerlo echando mano de nuevo de su mayoría absoluta, porque la experiencia ha demostrado que el chorreo mediático-judicial acaba por forzar comparecencias in extremis de las que se acostumbra a salir tocado.