02 abr 2020

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Consuelo de tontos

Jordi Climent

El profesor de la Universidad de Granada, Antonio Robles, afirma que “para garantizar la legitimidad de los sistemas democráticos es de crucial importancia que la ciudadanía tenga confianza en las instituciones y en las personas que las representan”. Si ponemos esta aseveración al lado de los barómetros y los resultados electorales que ponen sobre la mesa el alejamiento constante que hay entre representantes y representados, podríamos llegar a pensar que, o bien el sistema actual no es legítimo o pierde la esencia democrática para la que tanto se ha trabajado para investirlo.

Quizá es que quienes ocupan puestos de representación han llegado a un punto donde confunden y mezclan los conceptos de ética pública y ética privada, es decir, ya no saben distinguir entre el bien común y el particular, y lo único que consiguen, así, es la disolución del llamado estado del bienestar.

En 'Aprender liderazgo político' (Paidós, Barcelona, 2005), Jordi López e Isaura Leal dicen que “los ciudadanos hacen líderes a los que saben transmitirles confianza ante las inseguridades de las transformaciones del presente”. Ante un futuro cada vez más incierto, fruto sobre todo de la situación económica general y actual, y con la desconfianza que generan sobre la ciudadanía los constantes casos de corrupción política, podríamos añadir al desmantelamiento del estado del bienestar una lastimosa falta de liderazgo político. En este sentido, Àngel Pes, lo tiene claro en 'Necessitem governants' (Mina, Barcelona, 2007): "Catalunya [y yo añadiría, España] necesita gobernantes, es decir, dirigentes que tengan en mente al conjunto de la sociedad catalana [española], con la ambición de convertir las dificultades del momento en oportunidades para progresar".

Lourdes Martín pone de manifiesto en 'Marketing político' (Paidós PC, Barcelona, 2002) que “presentar las ideas propias sin tener en cuenta a los receptores del mensaje [...] raramente significa persuadir”. En el caso actual, me atrevo a afirmar que a los políticos españoles tanto les da si nos convencen o no, porque la pérdida crónica de visión panorámica que sufren, les impide pensar en todos nosotros.

¿Qué hacemos, pues? ¿Sentarnos a esperar que la situación cambie sola? ¿Darlo todo por perdido? Quizá, de una vez por todas, hay que levantar la voz y olvidar aquello de mal de muchos, consuelo de tontos.

Post publicado en el portal de opinión 50x7