04 jul 2020

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Laili Helms, un personaje de 'Homeland'

Pepa Roma

"Laili no sólo estaba entre los norteamericanos que mejor conocía a los talibanes, sino que era también la persona que se había propuesto convertirlos en aceptables para el mundo"

Casada con un sobrino de Richard Helms, el ex director de la CIA, y convertida en portavoz oficiosa de los talibanes ante las Naciones Unidas, Laili Helms desapareció de la escena pública tras el 11 S. Alguien que también yo habría archivado en el olvido de no ser por la serie 'Homeland', de la que Laili Helms podría ser uno de sus personajes, a través de los que nos es dado a conocer algo de las intrincadas relaciones, la ambigüedad y ambivalencia que rigen en ciertos campos de la política. También del grado de desconocimiento que tenemos de una realidad y masa de información oculta al ciudadano, que, como nos muestra el 'caso Snowden', es infinitamente mayor de lo que imaginamos.

Conocí a Laili Helms en Nueva York, donde había ido a entrevistar a Louise Frechette, visecretaria general y segunda de Kofi Annan en las Naciones Unidas. Fue allí donde por primera vez me hablaron y me facilitaron el teléfono de esta mujer que estaba haciendo 'lobbying' para que se reconociera el régimen talibán ante los organismos internacionales. Una misión que la había convertido en enemigo número uno de las feministas afganas que se manifestaban todos los días en las calles de Nueva York o ante el Capitolio contra el Gobierno afgano.

Laili Helms era famosa por pasar del burka en Kabul al traje de Armani en la 5ª avenida de Nueva York, con la misma facilidad con la que pasaba de Peshawar, donde trabajaba en el consulado de Estados Unidos, a Nueva York, donde trabajaba para los talibanes, demostrando una versatilidad y un dominio del disfraz digno de espía de película.

Pero esa mañana de finales de octubre de 1999 en la que tuvo lugar nuestro encuentro en un hotel de Nueva York, apareció vestida con un pantalón de chandal y un jersey de marca con los que la mujer menuda y con un moderno corte de pelo a lo 'garçon' mostraba una nueva cara de sí misma: la de la madre que llega de jugar al fútbol con sus hijos.

Entró en el bar donde la esperaba de forma cautelosa, mirando a derecha e izquierda.

Al llegar a mi lado, me preguntó mi nombre como si fuera un santo y seña, procedencia, garantías de ser la periodista que decía ser. Se asegura de que no habrá fotos. La consigna era que me apañara con una que ella misma me traería.

--He recibido demasiadas amenazas para fiarme --dijo--. No hay día en que no reciba una llamada o una carta acusándome de "fascista" o "espía".

--¿Y lo es?-- le pregunté.

--Tengo una coartada perfecta: estoy casada con el sobrino del ex director de la CIA, Richard Helms. Resultaría demasiado evidente, ¿no te parece?"

LA CONVERSIÓN DEL SOBRINO HELMS AL ISLAM

Aun así, lo primero que les advirtió su tio cuando el joven matrimonio Helms decidió irse en 1988 a Afganistán para apoyar a los grupos que luchaban contra los comunistas fue: "No vais a salir vivos, estáis locos, todos van a creer que sois de la CIA".

Para hacerlo aún más evidente se instalaron en Peshawar, la base en Pakistán desde la que operaban y se financiaba a la oposición afgana "con dinero pakistaní, saudí y norteamericano", precisa Laili, donde ella trabajaba en el consulado norteamericano y su marido en la USAIDS (Agencia para el Desarrollo), reputada en todo el mundo por sus vínculos con la CIA.

Y su tio no se equivocaba: salieron vivos de casualidad. Por más que el sobrino Helms rubio y alto hizo el gesto de convertirse al Islam y Laili de afiliarse a la línea más radical de las Hermanas Musulmanas, "las amenazas de muerte nos acompañaron del primero al último día. Con tantos grupos afganos enfrentados peleándose por la ayuda norteamericana, además de iraníes y soviéticos vigilando los movimientos de todos, aquello parecía más un nido de espías propio de una película de serie negra que un tranquilo consulado en las montañas", iba contándome sus peripecias Laili. En ese ambiente resistieron más de cinco años.

Si la conversión al islam radical del sobrino de Richard Helms, al igual que la del protagonista de 'Homeland', es una muestra de cómo cambió el paso por Afganistán a algunos de los que fueron a servir para su patria allí, Laili ofrece un ejemplo de las extrañas amistades de conveniencia que se establecen en ciertos ámbitos del poder, o también de cómo alguien queda a caballo entre dos mundos que están destinados a ser incompatibles o enemigos.

De aquella inmersión en el mundo talibán el joven matrimonio Helms volvió no sólo con contactos al más alto nivel sino con una cantidad de información que los hacían unos expertos: "Nadie en la CIA ni los servicios secretos británicos, nadie sabe tanto de los talibanes como nosotros".

EL PUENTE CON EL DEPARTAMENTO DE ESTADO

Laili no sólo estaba entre los norteamericanos que mejor conocía a los talibanes, sino que era también la persona que se había propuesto convertirlos en aceptables para el mundo. "Son hombres del campo que nunca habían puesto un pie en la ciudad, mucho menos en el extranjero. Yo les he enseñado a ponerse en contacto con la gente de las Naciones Unidas, donde ahora los talibanes tienen un representante sin voz ni voto, también les he abierto las puertas en el Departamento de Estado para entrevistarse con el equipo de James Baker", me aseguró Laili.

Asesora, introductora de embajadores, cicerone, abogada, portavoz oficioso, Laili no sabía muy bien como definirse. Pero aseguraba sentirse "todo lo talibán que pueda sentirse una mujer".

--¿Qué hace una americana de 36 años, culta, a la que tanto puede verse paseándose del brazo de su madre por las mejores boutiques de la 5ª Avenida o en una manifestación pro-aborto, colgada al teléfono para hablar con el líder supremo Mohammed Omar o trabajando codo con codo con el representante talibán en las Naciones Unidas?

--Es mi país y nunca le daré la espalda-- fue su respuesta.

Tal vez lo entenderemos mejor si tenemos en cuenta que con su matrimonio con el sobrino de Richard Helms, se emparentaban dos familias unidas por un mismo credo: el anticomunismo militante.

Sabemos cómo la CIA se dedicó a financiar a los grupos guerrilleros que luchaban contra la Unión Soviética en Afganistán, de los que los principales eran los talibanes. Pero más persistente fue aún el fantasma del comunismo soviético para la familia de Laili. Y eso es algo que podía verse en cada una de las palabras de Laili, quien hablaba de los comunistas como si todavía estuviésemos en plena guerra fría.

NACIDA EN EL SENO DE LA FAMILIA REAL

Laili nació y creció en Kabul, en el seno de la familia real de los Zahir Sha. Su ascendencia abarca una larga lista de tios y abuelos ministros, el último de los cuales fue el último ministro de Exteriores de la monarquía, a quien atribuía el mérito de "haber tratado de modernizar el país construyendo la mejor red de carreteras que ha tenido Afganistán en lo que va de siglo y la primera escuela para niñas". Una infancia feliz para Lailí que quedó truncada cuando el golpe de Al Daud en julio de 1973 y que marcó el inicio de las detenciones y el exilio para toda la familia.

Tras un largo itinerario por Paris y otros ambientes elegantes de Europa, la familia de Laili se instaló finalmente en Estados Unidos. Pero Afganistán, contaba, seguía "siempre presente en las conversaciones familiares a la hora de comer, en la cena, a todas horas". De forma que tras ser invadido por los soviéticos en 1978, el padre de Laili "volvió a Kabul para unirse a la resistencia". Pero pronto "quedó tan decepcionado por las diferentes facciones que luchaban por el poder que desistió y volvió a Nueva York". Una experiencia que repetiría su hija Laili años después, decidida a asistir al fin del régimen comunista de Najibula.

--Pero tras conocer a los líderes de las diferentes facciones llegué a la misma conclusión que mi padre: eran gente corrupta y dividida. Hasta que empecé a recorrer los pueblos, a conocer a las auténticas mujeres del país y, por fin, a los talibanes. Enseguida tuve claro que esos guerreros que emergían del campo y las montañas, no contaminados por el comunismo de los últimos 20 años, eran lo más puro y auténtico que tenía Afganistán.

--¿Y qué pensó su familia de su conversión talibán?

--Al principio no lo entendieron, pero ahora me apoyan y hasta me dan dinero para pagar las inmensas facturas de teléfono con Kabul-- asegura.

--¿Y su abuelo, que tanto hizo por modernizar el país, cómo cree que se lo tomaría si levantara la cabeza?

--Haría lo mismo que yo: los ayudaría para que se moderaran y fueran reconocidos por todos los gobiernos.


EL CHADOR DE QUITA Y PON

La familia de Laili nunca había renunciado a su país. Ella tampoco:

--Creo que entiendo Afganistán mucho más de lo que se entiende aquí. Y tengo intención de volver a vivir allí en cuanto pueda.

--¿Y cambiar el chándal por ese chador tan asfixiante?

--Bueno no es tan cruel como se dice, yo he viajado por todo Afganistán con él, te hace sentir segura y en casa te lo puedes quitar.

Un chador de quita y pon del que, naturalmente, prescindía en cuanto llega a América:

--Ya se lo he dicho a los talibanes, igual que yo respeto sus tradiciones allá, ellos deben respetar las mías aquí.

--¿Y las ejecuciones públicas por adulterio tampoco le afectan?

--Es algo horrible, pero hay que ser verdaderamente estúpido para que te pillen. De todas maneras, yo no creo en el amor libre, yo me casé virgen y nunca he sido infiel a mi marido.

--Resulta difícil de creer que alguien que ha pasado por la universidad como usted quiera para su hija una vida de analfabeta y encierro en casa.

--No es que los talibanes hayan querido retirar a las mujeres de la enseñanza, sino limpiar a todos los intelectuales de la gran ciudad que crecieron adoctrinados por el comunismo, de forma que pueda emerger el verdadero Afganistán, tal como es fuera de la capital. Pero poco a poco surgirán nuevas escuelas, habrá grandes cambios con respecto a la mujer. Pero no creo que esto deba ser impuesto desde fuera.

También hemos visto como morían mujeres por negárseles asistencia médica, le dije, pero para todo Lailí parecía tener una disculpa:

--Es culpa de Europa y la UNICEF, retiran su ayuda y luego se quejan de que las mujeres no reciben asistencia. ¿Como van a recibirla si Afganistán no tiene nada?

Los talibanes gozaban de la peor imagen como uno de los integrismos más radicales y contrarios a los derechos de las mujeres, algo que había llevado al mismo Pakistán, su principal valedor, a no abrir la boca en su favor. Así pues, a pesar de ostentar el poder, los talibanes estaban más solos en el mundo que nunca, sin más que tres oficinas sin rango diplomático abiertas en Pakistán, Arabia y los Emiratos.

--Estoy orgullosa de lo que están haciendo los talibanes en Afganistán, porque están unificando un país destrozado por la guerra y les importa un pito lo que piense el resto del mundo--. Laili era la viva expresión de ese apoyo con el que todavía contaban los talibanes en Estados Unidos por esos días.

--El dilema para los que podrían beneficiarse de su amistad, como Pakistán, Arabia y Estados Unidos es ¿qué se hace con un Gobierno capaz de linchar en público a una adúltera o dejar que se muera una mujer por falta de asistencia médica?

--Solo hay que ayudarles a moderarse.

CULTIVO DE OPIO TALIBAN

--Tampoco parece ayudar mucho a ese saneamiento de la sociedad el cultivo de opio, principal divisa de los talibanes--, fui desgranando las razones para el ostracismo internacional que se habían ganado los talibanes.

-Pero de qué quiere que vivan si no tienen nada más. Los talibanes son los primeros que se han ofrecido a sustituir los cultivos con ayuda internacional. Ejecuciones, falta de escuelas, drogas, son problemas que Afganistan arrastra desde hace mucho tiempo, pero ahora es presentado como si fuera obra de los talibanes. Creo que toda esta censura moral es una argucia tras la que se esconden otros intereses, concretamente el control de las conducciones de gas que deben llegar desde el Norte a Irán. Y por eso rusos e iraníes financian a las fuerzas de Masud.

Laili Helms se guardaba muy bien de implicar a Estados Unidos en la pugna por los mismos intereses, en la que, según se decía en esos tiempos anteriores al ataque de las Torres Gemelas de Nueva York el famoso 11 de septiembre del 2000, participaba precisamente apoyando a los talibanes en la guerra civil de Afganistán.

Tampoco le faltaban argumentos diplomáticos para pedir el reconocimiento del gobierno talibán, aseguraba. Por esos días se decía que los talibanes controlaban más del 80 por ciento del territorio -el 95% según Laili-, mientras que las fuerzas del comandante Masud que seguían ostentando la legitimidad ante el mundo estaban arrinconadas en la frontera con Tayikistán y dependían totalmente de la ayuda exterior.

LA PERSECUCION DE BIN LADEN

Por más convincente que trataba de sonar, sólo parecía ahondar en las contradicciones en las que el apoyo a los talibanes había puesto a la propia política norteamericana.

En la rápida emergencia del poder talibán entre 1996 y 1998, habían tenido mucho que ver Pakistan y Arabia Saudí que, junto con Estados Unidos, habían financiado a los grupos de la oposición contra el régimen comunista de Kabul, dirigiendo su ayuda a los talibanes. Se trataba de bloquear a la influencia rusa por el norte e iraní por el sur que apoyaban al comandante Masud. Así se fue inyectando dinero a unos talibanes cada vez más incontrolables, como mostraba ya por esos días su negativa a entregar a Arabia Saudí o a Estados Unidos a Bin Laden, el millonario terrorista acusado de los atentados contra las embajadas de Estados Unidos en el Este de África.

Pero o Laili Helms era un personaje atrapado en múltiples contradicciones, tantas como las de la misma política norteamericana, o más ingenua de lo que parecía.

--La prueba de que no son tan malos --aseguraba Laili-- es que defienden su tradición, pero no son enemigos de Estados Unidos o de Occidente, como otros integrismos.

¿Tan engañados estaban los que se consideraban amigos y creían saberlo todo de los talibanes en Estados Unidos como para ignorar hasta que punto estaban metiendo al enemigo en casa? Aunque esta es una parte de la historia que permanece tan oscura como los fondos informáticos del Departamento de Estado.

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