02 abr 2020

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Al contrataque

La segunda, ya tal

Pepa Bueno

Se levantó temprano. Era el día de firmar el paro y ese día siempre dormía mal. No se acostumbraba. El sentimiento de derrota nunca era tan agudo como cuando se ponía en aquella cola y notaba una soledad vertiginosa en medio de aquel gentío. Era como un mareo. Luego, cuando llegaba su turno, el trámite le devolvía a la realidad y salía a la calle como quien se ha quitado un enorme peso de encima. Cada trimestre era igual.

Entró a tomar café en un bar y en la tele contaban que el extesorero del Partido Popular había pasado su primera noche en prisión y que tiene una fortuna de 48 millones de euros. Antes se indignaba con estas cosas, pero ahora ni eso, le presta una atención distraída, paga el café y se va.

Únicamente cobrará tres meses más el subsidio de desempleo, tiene 51 años y muy pocos ahorros porque siempre necesitó todo lo que ganaba para vivir y porque con su trayectoria profesional en una gran empresa nunca temió al futuro.

Cuando se angustia, piensa en la bendita tradición española de comprar la casa. En su caso, ya la tiene pagada y si todo se tuerce definitivamente, la puede vender. Economizando mucho, le daría para unos años aunque luego sería un viejo pobre, con poca o ninguna pensión y sin un techo seguro. Otra vez la angustia.

Para espantarla, enciende la radio del coche y se encuentra con Mariano Rajoy pasándolas canutas en Bruselas para responder a los periodistas sobre Bárcenas sin decir nada y sin mencionar a Bárcenas. Es el presidente del Gobierno y no sabe qué decir de su tesorero al que acaban de meter en la cárcel por presunto chorizo y evasor fiscal. Escuchando las fatigas del presidente, le entra una risa floja y compulsiva que le hace toser. Y al bajar la cabeza, ve el cartoncito colgando de la revisión del coche, se da cuenta de lo viejo que está el coche, de lo que costará la revisión y se le congela la risa vengativa contra Rajoy.

Hacienda

Ahora dicen en la radio que han cesado a la directora de la Agencia Tributaria por el error en las fincas de la Infanta. Pero no explican nada más. Vuelve la angustia. Este asunto le inquieta especialmente. Prefiere que todo sea una conspiración o que Hacienda confiese que nunca ha mirado los papeles de la familia del Rey. Cualquier cosa antes que un error tan gordo. Porque entonces cualquier día pueden equivocarse con él que siempre pagó sus impuestos, o perder su firma en la Oficina de Empleo o darle de baja en la Seguridad Social. Y que toda su vida se disuelva en un laberinto burocrático. Si con la Infanta no saben qué ha pasado, a él ni caso. Ahora necesita más que nunca que el Estado funcione bien porque en sus oficinas está registrada toda esa vida que desde que perdió el trabajo se ha ido desdibujando.

Uf! menos mal que al llegar a casa, en el telediario están contando un gran acuerdo en Bruselas por el empleo. Qué bien, dice en voz alta para animarse, a ver si me toca algo. Es empleo juvenil papá, responde su hijo desde el sofá.