01 abr 2020

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'Uniti, ma divisi. Zusammen, aber getrennt'

Jordi Pujol

"La acción colectiva catalana ha sido el propósito de integración, de cohesión no forzada por leyes o por cuotas, sino por la voluntad y el espíritu de convivencia"

Eso en italiano o en alemán. En castellano, juntos pero divididos. O separados. Es la situación de lo que los italianos llaman el Alto Adige, y los tiroleses el Südtirol, o el Tirol del Sur. Es el resultado de la evolución política y demográfica que ha habido en la región más septentrional de Italia desde 1918. Es decir, después de la Primera Guerra Mundial, que significó que territorios pertenecientes al Imperio Austriaco desde hacía siglos pasaran a Italia. El Trentino y el Tirol del Sur, respectivamente, de habla italiana y alemana.

Desde entonces ha habido un problema étnico y lingüístico, cultural y político en el Tirol del Sur. Un intento de italianización a través de la escuela, de la administración y sobre todo de la inmigración. En algunas ciudades del Tirol del Sur, que había sido siempre un país agrario y forestal, el Gobierno italiano (sobre todo durante toda la época fascista) creó industrias y barrios nuevos al lado de las poblaciones tradicionales.

En las industrias sólo podían trabajar italianos venidos de Italia. Un hecho que confirma una vez más que con respecto a las minorías nacionales sin estado propio el tema de las migraciones juega un papel muy principal. Más tarde, a través de un acuerdo entre Hitler y Mussolini se presionó a los tiroleses para que optasen por Alemania y se fueran del Tirol. Algunos lo hicieron, pero pocos. Y una vez terminada la Segunda Guerra Mundial casi todos volvieron.

Durante los años que van de 1946 a 1972 se fue estableciendo la situación política y administrativa definitiva del territorio. Se creó una región que comprendía la provincia del Tirol del Sur, y la italiana del Trentino, cada una de ellas con un grado de autonomía considerable y con mucho respeto identitario (sobre todo lingüístico).

Régimen de cuotas

Concretamente en el Tirol del Sur --que había sido homogéneamente alemán hasta 1918 y que después ya no lo era ni lo es-- se estableció un sistema muy garantista, muy basado en los porcentajes de una y otra población y en un régimen de cuotas de acuerdo con los porcentajes. Un sistema que se aplica al número de funcionarios italianos o alemanes, los hospitales y la policía y el cuerpo de bomberos, etc. Y en las escuelas, o sea que dentro del sistema escolar funciona la separación por causa de lengua.

Después de cuarenta años de esta política, el resultado es 'unidad, ma división'. Las dos comunidades viven separadas. En buena parte se dan la espalda. Si bien, pacíficamente.

Es posible que esto haya sido una buena solución para un país como el Tirol del Sur. Con un componente lingüístico y cultural potente, pero sobre todo marcado por el carácter étnico. El caso es que las cosas en Catalunya no se han planteado así. Quizá en parte por las circunstancias, porque las situaciones no son exactamente iguales, pero sobre todo por opción política y social. Por opción incluso ideológica.

Integración en Catalunya

En Catalunya hemos optado por jugar a fondo la carta de la integración. La de la mezcla. Para la ósmosis o la intercomunicación entre gente catalana desde hace décadas y siglos y gente venida los años veinte y treinta o los años sesenta y setenta. La acción colectiva catalana --la de la propia sociedad catalana no impuesta durante algunas décadas-- ha sido el propósito de integración, de cohesión no forzada por leyes o por cuotas, sino por la voluntad y el espíritu de convivencia, y la eficacia del ascensor social. Hubo unos años decisivos para configurar esta mentalidad, los que van de los años sesenta a los noventa.

Se ha escrito sobre ello, y se han tomado medidas administrativas y sociales, y la sociedad en general, desde la Iglesia a los sindicatos, ha trabajado. Muchas iniciativas, muchas actitudes de gente diversa, en general positivas. Con espíritu integrador y cohesionador. No siempre con éxito. No siempre con espíritu bastante abierto. Pero sin cuotas. Y con ósmosis, es decir, con mezcla.

En los decisivos años sesenta, setenta y ochenta, dos eslóganes --que no tienen patente de autor ni de inventor, pero que se generalizaron mucho-- resumen este estado de ánimo, que también es una doctrina. 'Catalunya, un solo pueblo'. Es decir, lo contrario de 'unidad, ma división'. El otro: 'Catalán es toda persona que vive y trabaja en Catalunya', es decir, todo el mundo salvo en los casos de rechazo.

El futuro

La elección de este tema para el editorial de hoy es en parte fruto de una reciente estancia en Brixen, en el Tirol del Sur, y de una conferencia mía sobre este mismo tema. Pero también de la actual discusión sobre el futuro de Catalunya --del futuro dentro o fuera de España--, que en cualquier caso incidirá, poco o mucho, en la estructura política y administrativa del Estado español. Esperamos que claramente sea en más reconocimiento de Catalunya. Y, no hace falta decirlo, si se llegara a la independencia. Ni que fuera como posibilidad y, por tanto, como proyecto, debería ser fiel a esa idea que 'Catalunya, un solo pueblo'. Y el respeto y reconocimiento de las dos lenguas. Y más cosas, evidentemente. De carácter social y económico.

Ya hemos hablado alguna otra vez en estos editoriales (por ejemplo, 'Sobre inmigración', 'Un éxito para Catalunya', 'Nadie tiene que marcharse'). Hagámoslo tanto como sea necesario y sin miedo.