02 abr 2020

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Al contrataque

España como Penélope

Pepa Bueno

Iñaki Gabilondo contaba con indignación esta semana un chiste que circula por ahí. Se encuentran en un restaurante de Londres tres científicos: uno alemán, otro inglés y un español. Y el español pregunta: ¿Qué van a tomar los señores?

Tiene toda la razón el maestro Gabilondo en indignarse, porque ese chiste remite a una España que ya no existe. Es verdad que los investigadores ganan aquí sueldos bien modestos. Es verdad que la crisis ha resucitado el fantasma de la emigración como en las épocas más negras de nuestra historia. Es verdad que muchos de nuestros científicos no encuentran más salida que universidades, centros, fundaciones o empresas extranjeras. Pero es verdad también que cuando salen se integran, sin problemas y con la naturalidad que dan la formación y los idiomas en equipos internacionales donde aportan exactamente lo mismo que los investigadores alemanes o ingleses.

En estos momentos, en Londres, los tres investigadores del chiste trabajarían codo con codo en el mismo laboratorio. Ahí tienen a Nuria Martí despedida a través de un ERE del centro de investigación Príncipe Felipe de Valencia y coautora de la clonación de células madre humanas de la Universidad de Oregón, en Estados Unidos.

En Madrid, Barcelona o Sevilla sí es posible que nos sirva el café un científico de expediente universitario impecable. O que participe en un programa de televisión. Como la investigadora del CSIC Luisa Botella, que acudió al concurso Atrapa un millón de Antena 3 para financiar su investigación sobre el síndrome de Row. Por cierto que lo que ganó en el concurso se acaba en otoño. El problema no es solo esa enfermedad rara; es que la enfermedad no se acaba nunca a menos que alguien siga investigando y dé con su origen y su curación.

La nacionalidad

Ahora mismo la diferencia entre los tres científicos del chiste (el alemán, el inglés y el español) está solo en su nacionalidad. Pero no por los genes, la historia o la cultura. No. La suerte de la ciencia en España depende únicamente de que se destine el dinero necesario y de que ese presupuesto se gestione bien, pensando en nuestras potencialidades a medio plazo y no solo en las necesidades del mercado a corto. Y eso es pura política y depende del Gobierno de turno. Así de sencillo. Esto es lo que hay que exigir tantas veces como sea necesario sin permitir que vuelvan a encasillarnos en ningún estereotipo.

En este terreno, solamente encuentro un elemento para la melancolía. La ley de la ciencia de 1986, las becas Ramón y Cajal, tres décadas de inversión pública en la universidad, todo el esfuerzo que por una vez nos situó al ritmo científico de nuestro entorno, se va al traste de nuevo.

Nos deja, eso sí, en otro nivel -antes mandábamos a la emigración a albañiles, agricultores y camareros y ahora enviamos albañiles, agricultores, camareros y científicos-. Nos pasamos la historia haciendo y deshaciendo, es verdad. Pero avanzando, siempre avanzando.