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La calidad de la democracia

Contra la toxicidad de los partidos

Carlos Carnicero Urabayen

Hay que obligar a las formaciones políticas a cambiar, pero necesitan la ayuda ciudadana para hacerlo

La ecuación de partido político y sociedad democrática es la condición para que un Estado de derecho sea además una democracia parlamentaria. Pero los partidos, como los mercados, pueden resultar tóxicos para la sociedad. Si no se controlan y no se les ayuda a cumplir sus fundamentales cometidos, pueden convertirse en un problema: un instrumento esencial para la vida democrática tornado en amenaza. En España y otros países de la Unión Europea, la desafección y la desconfianza hacia los partidos políticos pueden poner en crisis el sistema de representación.

CASI NADIE defiende ya que los mercados puedan regularse solos. Los sueños neoliberales que nacieron en la época de Thatcher y de Reagan se dieron de bruces el 15 de septiembre del 2008, día de la caída de Lehman Brothers. La resaca está siendo larga. No hay duda: sin controles, los mercados son una amenaza para la sociedad. Algo parecido ocurre con los partidos: sin normas claras que los regulen, entran en una espiral diabólica en la que sus fundamentos democráticos quedan retorcidos. Esta es la paradoja: canales de participación democrática que no son democráticos en su funcionamiento interno.

España atraviesa una grave crisis sistémica y necesita tener unos partidos a la altura de los retos. No se ha inventado otra alternativa que la política y los partidos para transformar y gestionar la sociedad. Los partidos son necesarios, pero también cómplices del derrumbamiento de nuestro país. Tienen servidumbres tóxicas heredadas de una época de la que no va quedando casi nada en pie. O les ayudamos a cambiar y a representar de manera honesta los intereses de sus electores, o no veremos la luz al final del túnel.

Los partidos necesitan ayuda. Hay que obligarlos a cambiar, pero solos no pueden. Sus estructuras se han podrido con el paso del tiempo. Están envejecidas y alicatadas con heredados intereses personales que han terminado por dibujar un sistema de lealtades donde la corrupción se ha abierto paso y a casi nadie le interesa encender la luz en las tinieblas. La mediocridad se tolera, sobre todo si va acompañada de la sumisión necesaria. También resulta cómoda para quien debe tomar decisiones y dar pocas explicaciones. La lealtad hacia las personas ha terminado por sepultar la fidelidad a los principios.

Nadie tiene confianza en que los partidos puedan regenerarse por sí mismos. La retórica de sus líderes prometiendo cambios suena bien, pero es poco realista. Sus dirigentes ejercen una suerte de abrazo mortal sobre la organización: la aman, pero la destruyen cada día que siguen al frente de ella. Prometen y quieren cambiarla, pero la maraña de sus intereses personales dificulta o hace imposible la regeneración.

Al rescate de los partidos debemos acudir los ciudadanos. Los necesitamos tanto como ellos a nosotros. Hace meses que nació la iniciativa Foro Ético, un grupo de simpatizantes y militantes socialistas que, ante la creciente irrelevancia institucional y política a la que se dirige su partido, han pegado un grito de indignación y alarma para que el PSOE cambie: que se democratice internamente y sea implacable contra la corrupción, pasos indispensables para frenar su caída. También se ha presentado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid una iniciativa de 100 intelectuales, encabezada por Elisa de la Nuez, César Molinas, Carles Casajuana y Luis Garicano. Reclaman, mediante el derecho constitucional de petición, la reforma de la ley de partidos para que, entre otras cosas, les obligue a hacer primarias para todos los cargos representativos, convocar congresos de manera periódica, elegir a los delegados de manera democrática, elaborar auditorías anuales por empresas independientes previas a la presentación de las cuentas...

ES DIFÍCIL poner objeciones a muchas de estas propuestas. Quizá la más llamativa es que sean «empresas independientes» las que se encarguen de supervisar las cuentas. ¿Damos por amortizado al Tribunal de Cuentas? En todo caso, conviene recordar que no por aumentar los controles y la legislación queda garantizado un mejor funcionamiento de los partidos. Hecha la ley, hecha la trampa. Y en eso los españoles somos realmente expertos.

En toda organización social, los huecos que dejan las instituciones quedan ocupados por fuerzas emergentes. El declive de los partidos, cuando se convierten en instituciones tóxicas, lo ocuparán casi siempre agrupaciones populistas. Y ya hay suficientes señales de alarma en Europa como para que los líderes de los partidos políticos españoles hayan entendido que no hay seguros de vida para ellos, por mucha raigambre, antigüedad e historia que puedan exhibir.

Politólogo. Máster en Relaciones Internacionales de la UE, London School of Economics.

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