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La revuelta turca

Turquía frente a Turquía

Cristina Manzano

Las protestas se dirigen contra el creciente autoritarismo de Erdogan y la sospecha de reislamización

Nadie como el nobel Orhan Pamuk ha descrito con tanta profundidad y emoción la brecha que divide a la sociedad turca; la tensión permanente entre modernidad y tradición, entre laicismo y religión. La metáfora de las jóvenes suicidas de Nieve -que se quitan la vida al no permitírseles llevar el velo- representa el extremo de una lucha interior que ha vuelto a salir a la calle estos días.

La obsesión de Mustafá Kemal Ataturk, padre de la Turquía de hoy, por alejar la influencia religiosa de la esfera pública supuso la alienación de muchos turcos para los que la unión entre Estado e islam formaba parte indisoluble de su identidad. Fue el peaje para asentar el necesario proceso de modernización tras la descomposición del Imperio Otomano y fue el Ejército el que, durante décadas, se encargó de garantizar que esa fe laica guiasea los destinos del país.

DESDE QUE llegó al poder hace ya 11 años, el primer ministro Recep Tayyip Erdogan ha ido revirtiendo esa doctrina. Al frente del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), postulante de un islamismo moderado, la religión ha vuelto a un plano más palpable de la política y de la vida cotidiana. Uno de los cambios más visibles y controvertido fue el levantamiento de la prohibición a las mujeres de llevar velo en las universidades públicas; y de ahí una larga cadena hasta que recientemente se anunció un aumento de las restricciones para el consumo y la distribución de alcohol.

Junto a las sospechas de una progresiva reislamización de la sociedad, las recientes protestas van sobre todo dirigidas al creciente autoritarismo y personalismo de Erdogan. Sus continuas intromisiones en los aspectos más nimios de la cotidianidad, su creciente arrogancia, su menosprecio por las opiniones opuestas -atribuye a «elementos extremistas» y fuerzas extranjeras el origen del malestar-, su viaje a Marruecos en medio de los mayores disturbios en los últimos años, por no hablar de los ataques a la libertad de prensa, han suscitado el «basta ya» de los que se manifiestan en las calles de Estambul y otras ciudades turcas, pero también de muchos que hacen sentir su desacuerdo desde sus casas.

La protesta contra la construcción de un centro comercial en el parque de Gezi ha sido solo la excusa para aglutinar el descontento y los temores de un grupo de jóvenes a los que se han ido sumando en estos días gentes de todo tipo y condición. Es cierto que existe una seria preocupación por el desprecio medioambiental y la voracidad constructora en un país en el que el buen ritmo de la economía está transformando los paisajes y las ciudades. Había algo del 15-M los pasados días en Estambul. El deseo de expresar en la calle, en la plaza, la frustración ante cierto ejercicio del poder y de reclamar nuevos canales de participación política. Pero, ciertamente, Taksim no es Sol, y si no hubiera sido por la dureza y virulencia de la actuación policial desde el primer momento -el uso y abuso de los gases lacrimógenos suscita quejas en el exterior-, es más que probable que la chispa no hubiera prendido.

Dicen que Erdogan ha perdido el contacto con la realidad. En cierto modo, no es de extrañar: es el precio del éxito para un líder que ha colocado a Turquía como una de las potencias emergentes y regionales, en un momento de búsqueda de nuevos equilibrios de poder; que se ha erigido como modelo de un nuevo islam político para las fuerzas surgidas de la primavera árabe; que ha facilitado una creación de empleo y un crecimiento económico desconocidos hasta ahora -la OCDE calcula un 6,7% de media para el periodo 2011-2017-; y que ha revalidado en el 2011 en las urnas el respaldo de la población con la mitad de los votos. Pero ahora ya no está el Ejército, al que él ha neutralizado, para garantizar el estricto cumplimiento de la Constitución y de la laicidad. Ante una Unión Europea que le ha dado la espalda, tampoco tiene la presión por ser el primero de la clase en reformas y mejora democrática. Es más, el primer ministro está promoviendo un cambio constitucional para otorgar más poderes a la figura del presidente de la república; sus críticos sospechan de que con el afán de postularse él en las próximas presidenciales, previstas para septiembre del 2014 -la ley no permite un tercer mandato al frente del Gobierno-, al más puro estilo de Putin.

SERÍa DESEABLE que las decisiones políticas no ahondasen en la polarización latente en la sociedad turca. Es probable que en esta ocasión triunfe el pragmatismo sobre el dogmatismo. La brusca caída de la bolsa turca, la mayor en una década, puede servir de aviso de unos inversores que valoran, sobre todo, la estabilidad. Y la sospecha de que su actuación en esta crisis puede restarle votos en un futuro no muy lejano puede hacer recapacitar a un líder que siempre ha demostrado gran habilidad política.

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