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La historia de las crisis

¿Del paro al ocio?

Joan Miquel Gomis

El reparto del empleo en una sociedad tecnificada pasa por modificar la distribución de la riqueza

Luis Racionero ha contado en alguna ocasión que Néstor Luján se refería a él como «aquel autor que defiende que hemos de trabajar menos». Con su fina ironía el escritor catalán hacía referencia a la obra Del paro al ocio con la que Racionero obtuvo el preciado premio Anagrama de ensayo en castellano en 1983 generando un amplio e interesante debate. Allí y en algunos trabajos posteriores, como en materiales didácticos para la UOC, Racionero defendía la tesis de que el desempleo de la década de los setenta no era coyuntural sino estructural. Argumentaba, de forma muy simplificada, que en una primera etapa histórica la economía consolidó un modo de producción agrícola, que para su desarrollo requería al 80% de la población activa, para evolucionar hacia un periodo de producción industrial, que ocupaba en las fábricas al 50% de la mano de obra disponible.

SU TESIS defendía que, en una tercera fase, en las sociedades capitalistas avanzadas se había instalado el modo de producción posindustrial en el que la mayoría de la población se empleaba en el sector servicios. En esta etapa, la automatización de los procesos de producción que la tecnología hace cada vez más eficiente incrementa los excedentes de mano de obra en los sectores primario, secundario y terciario. Ante esta situación, Racionero, que convertía en utopía la plena ocupación, proclamaba la necesidad de profundizar en las teorías sobre el ocio que habían de facilitar el establecimiento de nuevos sistemas de relaciones laborales que contemplaran este nuevo escenario facilitando la transformación de la lógica clásica que vincula ingresos y trabajo hacia un nuevo paradigma sobre el reparto de riqueza. De ahí la amistosa ironía de Luján.

Treinta años después, las reflexiones que provoca el ensayo adquieren una dramática actualidad. Nos demuestran que las contundentes cifras de desempleo tienen antecedentes. En todo caso, lo excepcional fue la burbuja de los primeros años de este siglo hasta su explosión en el 2007. Años de un crecimiento económico espectacular que como marcan los cánones generó puestos de trabajo que atrajeron a millones de inmigrantes. Si se quiere, años de irresponsabilidad compartida socialmente, de derroche irracional a base de crédito repartido a granel, pero sobre todo de fracaso de unas élites financieras, económicas y políticas incapaces, desde su privilegiada posición, de interpretar la realidad o, lo que sería peor, con voluntad de aprovecharse de ella. Curiosamente, como proclamara el último ministro de Trabajo del Gobierno de Zapatero, Valeriano Gómez, ni esta situación de crecimiento tan excepcional como artificial pudo garantizar el pleno empleo: en el 2005 la cifra de parados no fue inferior en ningún momento a los 1,2 millones, un 8 % de la población activa.

Treinta años después se identifican, como mínimo, dos elementos que han alterado el escenario. En primer lugar, la consolidación del proceso de globalización, con efectos como la deslocalización que ha desplazado centros de producción occidentales hacia regiones emergentes con estructuras de costes muy inferiores, como en el caso paradigmático de China, provocando tensiones en nuestro mercado laboral. Y en segundo lugar, el desigual avance de la imprescindible Unión Europea: veloz para ejecutar acciones, en ocasiones dudosamente democráticas, que refuercen la ortodoxia de la austeridad para el Sur y para mantener, pese a su manifiesta debilidad financiera, una moneda fuerte que solo beneficia al norte.

EN CONTRASTE, lentitud exasperante en procesos que consolidarían y prestigiarían internacionalmente a la Unión, ahorrando a la vez miles de millones de euros, como podrían ser la creación de un Ejército y un cuerpo diplomático comunes o la asunción del liderazgo en la lucha para la eliminación de los paraísos fiscales, cáncer de una transparencia sin la que no puede haber justicia social. Globalización e integración europea, factores externos que añaden incertidumbre a un entorno ya de por sí complejo, y que condicionan los procesos de toma de decisión de los países que forzosamente pierden/ceden soberanía.

En su elogio del ocio, Racionero ya exponía hace 30 años que ante la problemática del desempleo se estaban aplicando teorías del siglo XIX que no se adaptaban al nuevo paradigma. Algunos indicadores actuales, como un preocupante aumento de las desigualdades, muestran que no se ha avanzado en esta cuestión y existen signos evidentes de un serio retroceso. Sin olvidar la fina ironía de Luján, con su toque de realismo, es el momento de replantear una cuestión que afecta a los sistemas básicos de distribución de la riqueza. Es decir a la democracia.