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MIRADOR

El presidente impasible dice 'no'

Rosa Paz

Como siempre que la estima ciudadana hacia un gobierno se desploma, los dirigentes del partido que lo sustenta, en este caso el PP, tienden a buscar justificaciones ajenas a las políticas que aplican y a atribuir el desamor popular a una mala comunicación. Que se explican mal, vamos. Ahora lo dicen tanto en la Moncloa como en la sede del PP a propósito del hundimiento anímico que supuso para los sufridos ciudadanos esa especie de ejercicio de la verdad sin esperanza que protagonizaron el viernes 26 de abril la vicepresidenta del Gobierno y los ministros de Economía y de Hacienda. El problema no es que no se supieran explicar. Al contrario, dejaron bien claro que la economía sigue cayendo y el desempleo subiendo y que la cosa no mejorará, al menos, hasta el 2016. Todo el mundo les entendió.

Vale que no transmitieron ni una pizca de optimismo, ni una propuesta para darle la vuelta al negro panorama. Vale que esa comparecencia supuso un antes y un después en la vida del Ejecutivo, por lo que tuvo de exhibición de la impotencia. Vale, también, que desde entonces son más los ciudadanos que se preguntan para qué sirve un gobierno, además de para administrar, sin reparar en daños directos ni colaterales, una crisis a la que no se le ve el fin. Así que si ya en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero la ciudadanía se inclinaba en los sondeos por una especie de concertación nacional, una reedición de aquellos míticos pactos de la Moncloa, ahora que la situación de emergencia económica y social se ha agravado no se entiende que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, no solo no toque a rebato para aunar fuerzas, como cabría esperar de su responsabilidad, sino que desdeñe, sin apenas ojearla, la propuesta de pacto para la reactivación económica que le hace el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba.

Lo peor ni siquiera es que Rajoy mantenga esa pose impasible o que siga siendo refractario a cualquier entente con la oposición y los agentes sociales, lo peor es que con su parco lenguaje se empeñe en camuflar las razones de por qué estamos así. Lo ha vuelto a hacer a propósito del plan de rectificación del PSOE. «Para no engañar a nadie -dijo- no se puede volver a las políticas que nos han traído hasta aquí». Así que el presidente omite que las causas de la crisis fueron los excesos de los desregulados mercados financieros mundiales y la burbuja inmobiliaria en España. Porque ni el PSOE hizo cuando gobernaba algunas políticas que ahora propone -ojalá las hubiera hecho-, ni ayudar a las empresas y ciudadanos asfixiados económica y socialmente puede considerarse un despilfarro, como lo fue en el boom del ladrillo, por poner un ejemplo, el empeño faraónico de los populares en la Comunidad Valenciana.