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Ideas

Semana poética

Xavier Bru de Sala

Cuando, a principios de los años setenta, los jóvenes poetas impulsaban un movimiento ahora llamado La revolta poètica (exposición en Santa Mònica), no calculaban que después de la acogida, verdaderamente extraordinaria, aquella noble aspiración para cambiar la existencia y ampliar los horizontes de la experiencia se vería reducida a efímera agua de borrajas. La realidad, el peso y el miedo de lo que está instalado, puede aplastar esto y mucho más, incluso en un país imaginativo y quebradizo como el nuestro.

Desterrada pues la poesía a las catacumbas, por peligrosa, y con ella la cultura que aspiraba a impregnar la sociedad, el país emprendió el camino descendente del desinterés bajo la hegemonía de una política realista que mercadeaba con los sueños. Observamos los resultados con amargura, pero sin queja ni sorpresa. Estábamos avisados. Vamos aviados. Ante todo, porque los helados cuarteles de invierno, por no hablar, en el orden de lo simbólico, de gulags, han sido custodiados por ínclitos profesores y críticos, alérgicos al más mínimo cuestionamiento de su orden tan esterilizado como insensible.

Tan lejos llegó la proscripción, que el Ayuntamiento de Barcelona se encontró con unos Juegos Florales que la avergonzaban. Por fortuna, en vez de suprimirlos, los actualizó. El acierto consistía en contar con los poetas, confiar en ellos. De aquellos cambios, las renovaciones e innovaciones que han conducido hasta la Setmana de la Poesia de Barcelona, comisariada este año por Sam Abrams, un veterano en todas las batallas poéticas, y por Ernest Farrés. Respuesta extraordinaria. Algún día tendremos que reconocer a los primeros que pusieron hilo en el laberinto, Àlex SusannaDavid Castillo y Gabriel Planella.

Los astros se conjuran para que vuelva la poesía. La poesía con quilla profunda. La que en las calmas languidece y no navega, pero que con las incertidumbres retoma el surco del alma. Ya lo notó Plinio el Joven: la seguridad, siempre falsa, hace aborrecer la poesía.