04 jul 2020

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El debate democrático

Las ideas y las acciones

Josep Joan Moreso

La justicia de una causa se desvanece cada vez que por defenderla se vulneran los derechos de los demás

Se atribuye con razón a la filosofía kantiana la idea de que solo las personas son fines en sí mismos y que, por tanto, siempre deben ser tratadas como tales y nunca como meros instrumentos para conseguir determinados fines, por loables que sean. Se trata de una idea capaz de justificar la noción de dignidad humana que está en la base de la concepción de los derechos humanos sobre la que descansan las democracias contemporáneas.

Alguna de las expresiones más preciadas de esta dignidad de los humanos radica en la capacidad de comprender el mundo a través de nuestros conceptos; otra es la de abastecer los ideales que nos sirven para cambiarlo y transformarlo. Desde este punto de vista, todas las ideas merecen respeto en principio, porque todas las personas merecen ser tomadas en serio en toda circunstancia.

Pero las ideas se expresan, se defienden, se arguyen, bajan a la plaza y al mercado. Y entonces, cuando las ideas se hacen acciones, es posible usarlas tratando a otras personas como meros instrumentos de las ideas de alguien. La historia humana está llena de ejemplos en los que las ideas de algunos han sido usadas como coartada para hacer callar a otros. Esto es precisamente la censura, usar unas ideas para impedir que otras puedan ser esgrimidas. Las ideas más nobles pueden ser usadas mediante acciones que no respetan a los demás: los ideales de libertad, igualdad y fraternidad que están en el origen de las libertades modernas en Europa fueron defendidos a finales del siglo XVIII en la Francia revolucionaria de una manera que llevó a la época del terror, de donde procede la expresión terrorismo. Cada vez que en nuestra sociedad contemporánea -y en especial en nuestras comunidades universitarias, que deberían ser el templo de la palabra y de la argumentación- algunos tratan de impedir coactivamente -y a menudo lo consiguen- que otros puedan defender sus ideas, están tratándolos como meros instrumentos y no como fines, como instrumentos para lograr sus objetivos, por nobles que sean. Haciéndolo, están negando precisamente lo que justifica que ellos se expresen, están negando en el otro la dignidad que hace de él un ser humano, están negándole la propiedad que nos hermana. Sus acciones se convierten en negaciones de lo que se quiere defender, sus acciones borran con una mano lo que pretenden escribir con la otra.

Vivimos tiempos convulsos. Una crisis económica que comenzó como consecuencia de la avaricia sin freno de los poderes financieros se hace recaer en exceso en los más débiles de nuestras sociedades. Esto es manifiestamente injusto. En un momento como este es preciso encontrar mecanismos para defender a los más débiles. Y todas las críticas a las decisiones que toman las autoridades deben tener abiertos los canales para ser escuchadas en todas partes. Por tanto, todos debemos ser sensibles a escuchar las ideas de aquellos que se esfuerzan para que esta injusticia sea reparada. Es una causa justa.

Sin embargo, la justicia de la causa se desvanece cada vez que por defenderla se vulneran los derechos de los demás. Cada vez que se amenaza, que se hace daño a los niños inocentes, que se impide coactivamente que otros hablen o se reúnan, cada vez que esto ocurre se está negando lo que está en los cimientos de una sociedad de personas libres e iguales. No puede haber justicia sin crítica abierta, pero tampoco puede haberla cuando unas personas son tratadas como meros instrumentos.

Esto es lo que ocurrió en la Francia posrevolucionaria: en la propia Asamblea francesa se negaban todos los días los ideales que sus integrantes habían proclamado. Desgraciadamente, esto ha sucedido demasiadas veces en nuestras sociedades tras la Revolución francesa. La época del terror no nos asustó bastante. Esto vuelve cada vez que alguien cree que puede silenciar a otros, que hay personas que no tienen derecho a expresar sus ideas.

En los momentos difíciles que vivimos, necesitamos la voz de todos. Necesitamos una comunidad de diálogo plenamente abierta que incluya todas las críticas y todas las propuestas. Esto es parte del mejor legado de Europa, de la Europa que ha tenido varias tentaciones redentoristas que se alejaron del respeto a la dignidad de todos durante demasiados lugares y momentos, de la Europa capaz de incluir a todo el que defienda la radical autonomía de los seres humanos, la no sujeción de esta autonomía a ningún vínculo, la emancipación de todas las personas.

Considero que esta es la voluntad de la mayoría. Debemos resistir la tentación de algunas minorías que creen que hay un atajo y, silenciando la voz de otros, creen que llegaremos antes. Los que hacen esto -la historia lo acredita- nunca logran más que inaugurar un nuevo período de la ignominia.