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La rueda

El contrato del presidente Mas

Enric Marín

Rajoy tiene el triste privilegio de merecer entrar en el Guinness por dos motivos: incumplimiento sistemático de las promesas electorales y acelerada disminución de popularidad. Ambos prodigios están relacionados. Una de las razones del descrédito de la política es el autismo de las élites políticas. Y uno de los principios básicos de la democracia es el compromiso que el político adquiere con sus representados cuando se presenta a un proceso electoral. Se puede entender que, en determinadas circunstancias, sea inevitable matizar o modular las promesas. Pero siempre explicando claramente a los electores el cómo y el porqué.

El caso de Mas contrasta vivamente con el de Rajoy. Mas se presentó a las elecciones con una propuesta que obligó a definirse a todas las fuerzas catalanas: la celebración de una consulta para el Estado propio. Tras dos años de recortes, ganó las elecciones con más del doble de diputados que la segunda fuerza política. A la vista de los resultados, firmó un acuerdo de estabilidad sustentado sobre dos principios básicos: la celebración de la consulta en el 2014 y la elaboración de unos Presupuestos socialmente asumibles. Ni más, ni menos. Pero pocas veces el presidente electo de un país se ha visto presionado de forma tan intensa e insistente para desentenderse de los compromisos electorales y los acuerdos parlamentarios. El fuego es cruzado. No son solo las presiones obvias que llegan de Madrid. También encontramos una parte significativa del patriciado local, parte de la oposición e, incluso, compañeros de partido y coalición. En un momento de crisis de legitimidad de la política en el que el sistema de partidos recoge con penosas dificultades el latido de la sociedad, Mas se encuentra ante la disyuntiva de rasgar su contrato con los electores o mantenerse fiel al sentimiento mayoritario de la ciudadanía del país que preside. No lo tiene fácil. O quizá sí.

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