La rueda

La venganza de la memoria

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¿Por qué se deben contar las historias horrorosas? ¿Qué finalidad tiene transmitir a otros la barbarie? Si los que han vivido las peores atrocidades pensaran un solo momento en los receptores de su material vital, en las reacciones no precisamente edificantes que provocarán como narradores, quizá se lo pensarían dos veces.

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En unos tiempos en que el sufrimiento humano es mercantilizado de mala manera y las propias desgracias son explotadas como el tullido que mendiga a pie de calle, la excepción arriesgada y nada frecuente es la de abordar con honestidad y sensibilidad el dolor evitando convertirlo en cliché. El testimonio increíble y único deNeus Catalàha sido escuchado con atención y es una muestra del poder del lenguaje y, por extensión, de la literatura. Expresar en palabras lo que nos pasa ya es un paso importante para empezar a curar las heridas, pero aún es más curativo poder estructurar un relato coherente, una explicación que deje sobre la mesa y no dentro del propio cuerpo todo lo que duele.

Con esto no basta, sin embargo, ya que el lenguaje no es como aquel árbol en medio del bosque que existe aunque no lo vea nadie. El lenguaje no tiene sentido si no hay un receptor y un emisor, y la literatura solo ocurre si hay quien narra y quien lee, quien recibe. En el acto de contar está la curación, el arte y el hecho de compartir con alguien el sufrimiento. No en vano compartir y compadecer se parecen mucho. Y en relatos como el que ofreceCarme MartíenUn cel de plomestá lo que es esencial para que las realidades más absurdas tengan un mínimo sentido: la esperanza de transmitir una experiencia que provocará la compasión de quien la reciba y la venganza de la memoria indestructible que será patrimonio colectivo más allá de la vida de quien ha sido su protagonista.