1
Se lee en minutos

De los muchos episodios que se podrían destacar de la aventura personal de Neus Catalàa través de la memoria de un siglo de muerte y barbarie, me quedo con dos apuntes. El primero, el gesto que tuvo, una vez en Sarlat, en la Dordoña, con la familia, después de la guerra y el exterminio, de ir al fotógrafo para que la retratara con el abominable uniforme (número 50446) del campo de Ravensbrück.

Noticias relacionadas

A diferencia de un personaje deBassanique vuelve del infierno y no sabe adaptarse a las calles que habían sido su mundo, Neus Català ejerció, desde entonces, una maestría de coraje y entereza. Fue como si dijera: «Vuelvo a la muerte para que nunca más la muerte sea dueña de mis días ni de los días de mis hijos». Se plantó ante la cámara para demostrar que no podía ni quería olvidar y revivió de nuevo la atmósfera donde la ceniza se hacía plomo para imponerse la obligación de la memoria.

El segundo apunte se refiere al momento en que explica cómo, en Holleischen, saboteaba las balas que debía fabricar para el Ejército deHitler. Dice que había, entre los prisioneros, especialistas en cazar moscas que luego guardaban en una caja de cerillas para introducirlas entre el fulminante y la pólvora. Muy a menudo, la lucha a favor de la dignidad del ser humano se fundamenta en gestos humildes y casi ridículos. Pillar el vuelo de una mosca nos habla con más intensidad del deseo libertario que miles de discursos.