Ir a contenido

NÓMADAS Y VIAJANTES

De Thatcher a Merkel

Ramón Lobo

Existe una mala costumbre: hablar bien de todos los muertos. Cuando fallece algún personaje controvertido se escuchan elogios, desmesuras y silencios, casi nunca críticas. Blanco o negro, sin grises. Puede ser un ejercicio cínico de educación mortuoria, una calculada estrategia de mitificación política o un miedo atávico, inconsciente, casi africano, de pensar que los difuntos habitan en una dimensión paralela desde donde escuchan, vigilan y se vengan.

El Gobierno británico de David Cameron, descendiente ideológico de Margaret Thatcher, se dejó arrastrar esta semana por un entusiasmo desmesurado; tiene la tentación de unas exequias parecidas a las de Lady Di, la princesa del pueblo. La madre de los recortes, el origen de lo que hoy padecemos, tendrá este miércoles una despedida sin escatimar gastos ni invitados: más de 2.000.

Tanto exceso y bombo ha roto la cuerda de la memoria colectiva, el tabú. Thatcher es un icono de la derecha, no una heroína planetaria. La mayoría de los diputados laboristas abandonaron sus escaños en el homenaje celebrado en el Parlamento y hubo rebelión de funcionarios en el Foreign Office (Ministerio de Exteriores) ante la orden, después retirada, de vestir luto.

Un vídeo de la canción del mago de Oz titulada La bruja ha muerto es un éxito en las redes sociales. Tiene doble sentido. La frase se multiplicó en las pancartas durante las celebraciones callejeras por la muerte de la exprimera ministra. Aunque fueron escasas y aisladas, escandalizaron al Gobierno. No es frecuente este tipo de júbilo de cuerpo presente. Quizá sea otro síntoma de la crisis, del enfado, de la distancia en la que viven los gobiernos instalados en burbujas con sus vivos y muertos, ajenos a una ciudadanía que sufre y se desespera.

Thatcher no dejaba indiferente en vida; tampoco en la muerte. Nadie le discute la personalidad arrolladora. Estaba por encima de la media; no era una mediocre.

Nunca me gustó la Dama de Hierro. Era fría como un témpano. Gracias a sus recortes perdí mi primer trabajo serio y prometedor en el servicio de Exterior de la BBC. No hacía nada de mérito: solo aprender paciencia. Viví en aquel Londres melancólico de 1980 en medio de batallas sindicales y raciales. Era un país decadente: fachada de imperio y pies de miseria en barrios no tan alejados del centro; la pobreza y el desarraigo que tan bien retrata Ken Loach en sus películas.

Tampoco Reagan

Nunca me gustó Margaret Thatcher ni tampoco Ronald Reagan, bajo cuyo segundo mandato viví en Washington en 1985 y 1986. Eran adalides del Estado pequeño, minúsculo, de la desregulación masiva que condujo al desastre financiero de septiembre del 2008. Y lo que queda del bancario dentro de la Unión Europea. Maggie queda para los hagiógrafos como la inventora de un capitalismo popular que a la larga empobreció a millones y lucró a los espabilados de siempre que supieron ver, o tuvieron información a tiempo, la oportunidad de las privatizaciones. El capitalismo es cruel, insaciable, depredador por naturaleza, por eso necesita reglas, control y un rostro humano.

Entre los dos líderes conservadores prefiero a Reagan, un actor mediocre de Hollywood que interpretó su papel estelar sentado en la Casa Blanca. Reagan transmitía, era simpático, afable, se hacía querer por la gente. Que se durmiera en las aburridas reuniones de trabajo de su gabinete era una medalla, un plus de normalidad. El Departamento de Estado renunció a los informes escritos en favor del vídeo para que el presidente se aprendiera mejor la historia de los países y las biografías de los presidentes extranjeros con los que se iba a reunir. Tuvo a su lado a una mujer inteligente y sutil: Nancy Reagan.

Mineros y países

Transitaron al más allá Thatcher y Reagan, pero quedó su política incubada en la escuela de Chicago de Milton Friedman, ahora rehabilitado por los apóstoles del recorte, la privatización y el pelotazo. Hija de aquellos tiempos es Angela Merkel, otra mujer disfrazada de hombre, como si el mando no admitiera alternativas en el ejercicio del poder. La dama de hielo alemana premia el trabajo estajanovista y el ahorro y castiga sin piedad calvinista el despilfarro y las cuentas sin pagar. Thatcher coleccionaba mineros; Merkel, países.

De todas las versiones de la Dama de Hierro me quedo con la suavizada por Meryl Streep. Tiene empatía, corazón, hasta parece feminista.

Se apagarán las velas de los funerales, se marcharán los invitados. La vida seguirá veloz hacia ningún sitio. Se retirarán los medios de comunicación y nadie hablará, ni bien ni mal, de los muertos invisibles, los cotidianos, los que nunca merecen homenajes parlamentarios ni declaraciones rimbombantes. Son los nadie, los muchos, los demasiados, las víctimas de la crisis y del expolio. Que descansen en paz.

0 Comentarios
cargando