04 jul 2020

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El debate institucional

La resistencia de la Monarquía

Javier Pérez Royo

La sociedad española no ha sido capaz de organizarse de forma estable sin un rey al frente del Estado

Salvo en dos breves ocasiones, el Estado constitucional español no ha dejado de ser una Monarquía en los últimos 200 años largos de nuestra historia. Únicamente en algunos meses de la década de los 70 del siglo XIX y en algunos años de la década de los 30 del siglo XX el Estado español asumió la forma de República. La historia constitucional de España ha sido, pues, casi en su integridad la historia de un Estado monárquico.

Lo ha sido de manera singular, ya que entre regencias y dictaduras militares han sido muchos los años en los que la Jefatura del Estado no ha estado ocupada por el Rey. Además, de los cuatro monarcas que efectivamente han reinado desde comienzos del siglo XIX, dos murieron en España, Fernando VII y Alfonso XII, y otros dos en el exilio, Isabel II y Alfonso XIII. La línea sucesoria se rompió en el siglo XX al pasar a ocupar la Corona, tras Alfonso XIII, el rey Juan Carlos y no su padre, don Juan de Borbón.

Quiere decirse, pues, que en las relaciones entre la sociedad española y la Monarquía hay continuidad y discontinuidad. La sociedad española no ha sido capaz de organizarse políticamente de manera estable sin la Monarquía. Pero la presencia de un rey en la Jefatura del Estado ha sido, por lo general, muy perturbadora para la sociedad española. Si exceptuamos a Alfonso XII, que pasó prácticamente desapercibido, la ejecutoria de los otros tres monarcas previos al actual, Fernando VII, Isabel II y Alfonso XIII, fue desastrosa, agotando entre todos el depósito de legitimidad de la dinastía.

La Monarquía, tanto cuando la Jefatura del Estado ha estado ocupada por un rey como cuando ha estado ocupada por una regente o por un dictador militar, no ha contribuido a resolver los problemas de modernización política y constitucional con los que tenía que enfrentarse la sociedad española, siendo, por el contrario, un obstáculo, el famoso obstáculo tradicional, para dar respuesta a los mismos.

Y a pesar de ello se ha mantenido. Mientras en los demás países europeos, salvo los nórdicos, la llegada del sufragio universal puso fin a la monarquía de manera definitiva e irreversible, en España no fue así. Las dos primeras expresiones del sufragio universal, la del masculino exclusivamente en 1869 y la del auténticamente universal en 1931, pusieron fin a la Monarquía. Pero por poco tiempo. En ambos casos hubo restauración, algo que en otros países europeos se produjo en la primera mitad del siglo XIX, pero no en la segunda, y mucho menos en el siglo XX.

La capacidad de supervivencia de la Monarquía española ha sido más que notable. Especialmente si se toma en consideración que la pérdida absoluta de legitimidad de la institución con la dictadura de Primo de Rivera coincide con el avance en toda Europa de la democracia como única forma política aceptable, detenida transitoriamente por las dictaduras nacional-socialistas y fascistas. Nadie en su sano juicio podía pensar en la restauración de una Monarquía en medio de estados democráticos de la mano de un régimen fascista nacido de una sublevación militar contra una República democrática tras una espantosa guerra civil en el último cuarto del siglo XX. Y, sin embargo, es lo que ocurrió.

Esta perspectiva merece no ser perdida de vista. La sociedad española hasta la fecha no ha sabido prescindir de la Monarquía en su organización constitucional. Ni siquiera en la época de Franco. Las Leyes Fundamentales eran calificadas como Leyes Fundamentales del Reino. Y la sucesión en la Jefatura del Estado ocupada por el general Franco era monárquica con el orden regular de sucesión característico de la Monarquía española una vez instaurada la Corona en la persona de un rey. Es una conjetura, pero, en mi opinión, el horizonte monárquico fue una pieza esencial en la prolongación de la dictadura franquista.

Ahora mismo la Monarquía se encuentra en un momento difícil y se empieza a especular con la posibilidad de una transición hacia la República. ¿Es razonable pensar en un desenlace de esta naturaleza? ¿Está dispuesta la sociedad española a prescindir de la institución monárquica, lo que supondría la apertura de un proceso constituyente sin más límites que los que supone nuestra pertenencia a la Unión Europea?

Las condiciones para dar el paso están presentes. La sociedad española de esta segunda década del siglo XXI está incomparablemente mejor preparada que la de 1931 para liberarse de inercias del pasado y ser protagonista con razonables expectativas de éxito de un auténtico proceso constituyente. Un proceso constituyente que sea expresión política de la España democrática, que hasta ahora no hemos conocido en nuestra historia.Veremos.