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Análisis

Todo empezó en el 79

Cristina Manzano

La lucha entre el peso del Estado y el del individuo definió el legado de Margaret Thatcher. Firmemente convencida de que el entramado público sobre el que se habían desarrollado Europa y su país tras la segunda guerra mundial había superado con mucho sus atributos, puso todo su empeño y su talento en comenzar a desmantelarlo. Así que los ideales de esfuerzo colectivo, pleno empleo y solidaridad fueron sustituidos por la desregulación de los mercados, la privatización -término casi inexistente en el vocabulario político de aquellos años- de las empresas públicas y la apuesta por la prosperidad individual.

No muchos vieron venir su revolución conservadora cuando, contra pronóstico, logró el liderazgo de su partido, el tory, primero, y el del país, después. La famosa hija del tendero convertida en fiero animal político, la dama con modos y apariencia de ama de casa, era pragmática en sus métodos pero constante en sus objetivos. Estaba convencida de que el Estado se había convertido en un obstáculo para la iniciativa privada, generando un sinfín de intereses creados fuera de control, y presentó su batalla como una cruzada moral contra los que habían alterado el orden natural de las cosas. Los sindicatos y los grandes sectores públicos estaban en su punto de mira.

La llegada de Ronald Reagan a la presidencia norteamericana en 1980 reforzó el frente liberal económico, y la bacanal desregulatoria auspiciada por ambos culminó en la crisis financiera del 2008. El lenguaje y las ideas de Thatcher han seguido perfilando la política conservadora británica hasta hoy. Y David Cameron, amparado por el debate entre austeridad y crecimiento que barre Europa, ha retomado la tarea de terminar con lo que quedaba del Estado del bienestar en su país.

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