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Esta crisis está logrando que el sueño de todo político se pueda cumplir. Evitar la fiscalización de los periodistas y recortar medios de comunicación públicos que hasta la fecha gozaban del mayor crédito entre la ciudadanía. Sin medios públicos fuertes ni desgobernamentalizados --perdonen por la palabra--, el político en el poder puede repartir ayudas entre empresas afines de manera más arbitraria, de tal manera que la contraprestación escapa al ámbito de control parlamentario y condiciona líneas editoriales.

Sé que está muy mal visto en este oficio hablar de lo que a los periodistas y los medios nos sucede, pero aquí lo que está en peligro no es el sector de la comunicación sino la salud democrática. Quizá suene alarmista, pero desmantelar medios como se está haciendo las últimas semanas en TV-3, Catalunya Ràdio, ACN, La Xarxa y BTV es un delirio político de consecuencias incalculables. Dejen ustedes, gobernantes, el servicio público en manos de los privados amigos y cuando la economía reflote verán cómo el paisaje mediático será irrecuperable.

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La industria audiovisual está en juego con el tijeretazo a la radiotelevisión catalana, aunque los primeros recortes han afectado al servicio de informativos, el más valorado por la audiencia a pesar de la incomodidad que pueda suponer para el gobernante. La mala valoración que los periodistas hemos conseguido en el último sondeo del CIS es la coartada para justificar eso y más.

También la cantinela de los lobis privados según la cual el ciudadano no entendería recortes en salud y educación mientras se mantiene el gasto en cadenas públicas. Si se piensan que una democracia sin periodismo es más cómodo es que no tienen idea de lo que supondría gobernar en una democracia en manos de Twitter.