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NÓMADAS Y VIAJANTES

¿Un Nerón nuclear en Pionyang?

Ramón Lobo

Corea del Norte debe ser una habitación tóxica, irrespirable, para la mayoría de sus habitantes. Son comparsas de un Estado-Gulag en el que la línea que separa morir de vivir es imperceptible. Depende de una envidia, de una broma en voz demasiado alta, de un familiar que huye al sur. Los regímenes totalitarios se nutren del terror, fomentan ejércitos de aduladores dispuestos a denunciar lo que sea y a quien sea para medrar, para salvarse. Para que ese miedo resulte eficaz debe ser irracional: todos, desde el más cercano al líder hasta el último súbdito, deben sentir que su vida pende del hilo de un capricho, de un chasquido de dedos. Cuando no existe una estrategia racional en la represión, si todo es aleatorio, absurdo e injusto, nadie está a salvo, todos están expuestos. Es la clave de la obediencia ciega.

El escritor yugoslavo Danilo Kis escribió, entre otros, un libro soberbio sobre esta desmesura: las habitaciones cerradas, la tortura, la intolerancia, el fanatismo, la adulación, la envidia y el miedo. Una tumba para Boris Davidovich (Acantilado) es una lectura necesaria para comprender el mal. Aunque Kis situó la ficción lejos del país de Tito, al mariscal no le gustó. Josip Broz sabía leer entrelíneas.

Excesos y arbitrariedad

Otro texto de lectura necesaria para sumergirse en el asunto del que hablamos es La hija de Agamenón / El sucesor (Alianza) de Ismael Kadaré. Narra la arbitrariedad y la miseria humana dentro del régimen de Enver Hoxha, en Albania; la pugna por sentarse cerca del líder en el gran desfile del 1 de mayo, cómo esos lugares de privilegio eran la exhibición pública de quién estaba en gracia y quién de camino a la desgracia. Kadaré sabe de qué escribe porque hubo un tiempo en el que estuvo dentro. Un tercer libro, no menos soberbio, es Todo lo que tengo lo llevo conmigo (Siruela) de Hertha Müller, premio Nobel de Literatura; ayuda a cerrar un círculo sobre los excesos, la arbitrariedad y la indecencia absoluta.

Corea del Norte está más cerca del mundo de Kis -o de Rebelión en la granja de Orwell- que de Kadaré. Cuando Kim Jong-il, padre del envalentonado Kim Jong-un, falleció en diciembre del 2011, decenas de miles de personas inundaron las calles de Pionyang sumidas en un lloro histérico. Era más importante que te vieran llorar que sentir dolor. Es el teatro básico de la supervivencia. El mismo que empujó a decenas de iraquís declarar ante las cámaras de televisión occidentales que estaban dispuestos a dar la vida por Sadam Husein, poco antes de la caída de Bagdad, y recibir con júbilo a los estadounidenses días después.

El escritor checo Ivan Klíma me lo explicó en su casa de Praga: «Los países que han padecido una dictadura de 40 años padecen una pérdida colectiva del sentido de la honestidad». Varias películas podrían ayudarnos a entender qué se respira en una habitación de adulación enfermiza. El gran dictador de Charlie Chaplin, estrenada en 1940, cuando Aldolf Hitler estaba en el apogeo de su poder, es una obra maestra, un filme valiente, un gran retrato psicológico de la desmesura del poder.

Los expertos se devanan los sesos por interpretar la escalada, de momento verbal, emprendida por el joven líder norcoreano Kim Jong-un. Muchos sostienen que intenta apuntalar su base de poder, escenificar su independencia frente a China y obligar a EEUU a negociar, es decir, a pagar. Los mismos expertos afirman que Corea del Norte carece de capacidad militar para lanzar un ataque nuclear contra EEUU, que son bravatas que solo demuestran su debilidad. Pero cuando media la palabra nuclear se genera otro miedo, esta vez global: las imágenes de Hiroshima y Nagasaki rondan las cabezas, siembran dudas: y si...

Sin lógica

Es posible que los expertos tengan razón. Pero en las habitaciones cerradas nunca funciona la lógica. Como en la novela de Kis, el mecanismo infernal de las torturas puede acabar fuera de control. Kim Jong-un solo ha respirado ese ambiente tóxico, megalómano y ahora juega con fuego en una peligrosa partida de póquer.

Puede ser un Nerón dispuesto a incendiar la nueva Roma. La esperanza de que todo sea un juego está en sus gustos personales. El pequeño Kim es un amante de Mickey Mouse y de la NBA; le encanta el pívot Dennis Rodman, el chico malo.

El periodista estadounidense David Rohde, que estuvo siete meses secuestrado por los talibanes en Afganistán, cuenta que sus captores le pedían que cantara She loves you de los Beatles mientras ellos hacían los coros. Una imagen estrambótica, divertida.

Después de todo, del odio y de la propaganda, es posible que no estemos tan lejos los unos de los otros, que seamos personas con el disfraz cambiado.

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