02 dic 2020

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Ideas

Kavadias, la gracia del mar

Jordi Puntí

Club Editor acaba de publicar un librito singular. Se llama Li i altres relats, del escritor griego Nikos Kavadias, y les recomiendo su lectura e incluso relectura. El volumen consta de tres relatos (55 páginas) y una nota del traductor, Jaume Almirall, sobre el autor (44 páginas más). Además del relato precioso que da título al libro, hay otro que es de una sencillez perfecta -De la guerra- y aún un tercero, muy breve, que se lee como una propina: una carta emotiva dirigida a un caballo recién muerto.

Es una tontería resumir un relato breve, pero para tentarles diré que Li cuenta la historia de un marinero telegrafista y una niña china de 10 años. La niña vive en una casa flotante y no ha pisado nunca tierra firme. El barco ha atracado cerca del puerto de Hong Kong y tiene que quedarse 10 días allí. Durante ese tiempo, el marinero llega a un acuerdo con la niña -que cuida de su hermano pequeño, un bebé- para que le limpie la cabina y le haga compañía. El relato avanza entre los silencios y conversaciones de ambos, un descubrimiento mutuo, y está bañado por una melancolía difusa que no sabemos de dónde viene (lo sabremos quizá al final).

La nota biográfica de Almirall tiene la virtud de ampliar el sentido del libro. Kavadias (1910-1975) fue radiotelegrafista de barco y no escribió mucho: esos relatos, tres libros de poemas y una novela autobiográfica. A partir de esos textos y unas cartas a la familia, Almirall va trazando la vida de Kavadias. Entendemos entonces que su escritura era una prolongación de su existencia nómada. Se retrataba a sí mismo con una lucidez terrible: hablaba del mar, la vida solitaria, los puertos, los burdeles, las mujeres, pero también la añoranza, la lejanía, la necesidad de no estar nunca quieto... En la última línea del cuento Li, leemos que terminó de escribirlo el «25.12.1968». ¿Quién escribe una historia así el día de Navidad? Alguien que tiene 58 años y necesita recordar, que conjura la soledad viviendo en el recuerdo. De ahí quizá la melancolía difusa de ese relato perfecto.