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El profesorJohn Thompson ha descrito con precisión cómo los medios de comunicación cambiaron los espacios y los mecanismos de representación del poder. La actual monarquía española nació con la televisión en marcha y, desde el primer momento, supo jugar con sus reglas. Juan Carlos se forjó una imagen de un monarca mitad demócrata, mitad campechano en momentos clave como en el 23-F o los viajes a lo largo y ancho de España. El demócrata sedujo a la oposición antifranquista mientras el campechano hizo digerible la democracia al franquismo sociológico. Esa imagen del Rey permanece ya solo en la retina de las generaciones mayores de 50 años. El resto de los españoles lo considera el máximo representante de un sistema político lastrado por la crisis económica y perforado por la impunidad frente a la corrupción.

Este cambio de percepción coincide en el tiempo con la irrupción de las redes sociales como nuevo epicentro de la información y de la opinión pública. Las operaciones del Rey, sus cacerías en paraísos exóticos, sus relaciones con la princesa Corina o sus hipotéticos vínculos con los negocios de su yerno han circulado por circuitos paralelos a los que la Casa Real ha controlado en los últimos 40 años. En esta nueva esfera pública no hay dinero para comprar ediciones enteras de un texto polémico ni editores a los que premiar con un título nobiliario. La monarquía solo puede sobrevivir en las redes sociales con altas dosis de transaparencia y con algo más que palabras vacías. Aquí los sobrentendidos son malentendidos.