14 ago 2020

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LAS POLÉMICAS SOBRE EL IDIOMA CATALÁN

Lenguas

Mayte Mejía

"Mi compromiso con Catalunya es, si cabe, más fuerte, porque, juntas o por separado, hacemos llegar al resto de la Península el sentir de un país cuya finalidad no es levantar barricadas"

(Dedicado a la persona que me ha proporcionado el material para construir esta historia)

Al acabar la carrera de periodismo en Madrid, y tras meses de buscar trabajo sin obtener resultados, probé suerte en Barcelona, donde me cogieron de becaria en una radio local. Al poco de estar allí, empecé a concienciarme de la importancia que tiene conservar la identidad de un lugar, transmitiendo con naturalidad que la diferencia no pretende levantar fronteras sino consolidar el espacio que le corresponde.

Poco a poco fui aprendiendo el idioma, acostumbrándome a una manera de pensar más abierta, más universal, más respetuosa. Algunos fines de semana volvía a ver a la familia y a los amigos. Entonces me daba cuenta del alcance que aquí, por la desinformación que dan algunos medios de comunicación, el mensaje de la diversidad de lenguas estaba errado. Hasta donde alcanzaba mi poder, intentaba hacerle comprender a los míos que la realidad era otra cosa, que lo que aquí llegaba estaba trastocado, pero, salvo dos o tres personas que se interesaron por lo que decía, el resto prefirieron quedarse en el estereotipo de la ira.

Al regresar a Barcelona, y contando con que mi contrato finalizaría en breve, me propuse difundir y defender la llengua catalana. Hasta mí llegó la noticia de que había una endocrinóloga, Àngels Cardona, de mucho prestigio, que se dedicaba a ir por la Península conferenciando sobre su especialidad y, de paso, transmitiendo con sosiego que el multilingüismo aporta, como poco, a la especie humana, riqueza de miras. Por eso me era de vital importancia conocerla y cambiar impresiones con ella. Pero la vida da muchas vueltas y no me quedó más remedio que volver a Madrid.

La doctora Cardona

La primera vez que vi a Àngels Cardona fue en la tribuna del Auditorio del Palacio de Congresos de Madrid. Daba una conferencia sobre 'Alteraciones en la menopausia y su alimentación'. Me habían invitado unos colegas que sabían el interés que despertaba en mí esta persona. Su verbo fluido, sin tecnicismos, con términos que todos entendíamos, me atrajo desde el principio. Ángels era una mujer menuda, extremadamente delgada, con la piel tostada y ese olor innato a salitre que desprenden las personas que están en contacto con el mar. Al finalizar el acto, un amigo común nos presentó. "¿Qué opinión le merece la incorporación a nuestra dieta mediterránea del tofu, la comida oriental que se prepara mediante la coagulación de la leche de soja?", preguntó alguien. La doctora, con templanza, dijo: "No veo inconveniente en aceptar e incorporar a nuestras costumbres todo lo que suponga una aportación saludable". Intercambiamos algunas palabras más pero, dado lo solicitada que estaba, me hice a un lado. Presentía que llevaba una historia adherida a sus suelas y quería ser yo quien la escribiera. El cóctel que siguió a continuación fue corto, al menos así me lo pareció. Antes de que acabara, fui a despedirme de ella. Me dio una tarjeta, asegurándome que me llamaría, ya que también la habían hablado de mí.

Aunque el termómetro del coche indicaba que a esas horas la temperatura exterior era baja, la sensación de frío no era excesiva, porque el viento se había retirado. Entre unas cosas y otras daban las 11 de la noche cuando llegué a casa. Los nervios me tenían últimamente desvelada. Así que, ante la perspectiva de dar vueltas en la cama, dudé si hacerme un 'nespresso' o abrir una botella de vino. La decisión no fue costosa: me senté delante del ordenador, con una copa de '6 Vinyes' de crianza, de las bodegas Laurona, del Montsant, un caldo muy bueno de Catalunya que compro por Internet. Cargué el navegador y en el buscador puse el nombre y apellidos de la doctora. Salieron infinidad de enlaces que a su vez remitían a otros; prácticamente los conocía todos ya que hacía tiempo que la seguía, pero, de cuando en cuando, colgaban noticias nuevas sobre su persona. El cuerpo del vino en mi paladar y el manto de la madrugada, que caía como una gasa sobre los tejados, ayudaron a quedarme dormida.

Trabajaba en un periódico cubriendo pequeñas noticias locales, pero, lógicamente, aspiraba a más; quería salir del encasillamiento al que me tenían sometida, y para eso necesitaba presentar algo de calidad, algo que enganchara. El ambiente en la redacción estaba tan crispado como a pie de calle, con temas candentes y susceptibles de empeorar: Sanidad, congelación de salarios, reforma laboral, reforma educativa, a cual levantando la ampolla más alta. La investigación que llevaba en paralelo a mi trabajo iba sobre las lenguas.

Quería escribir un gran artículo que, a ser posible, saliera a doble página, a raíz del despropósito de querer españolizar a los alumnos catalanes, relegando la lengua de este país a un cuarto lugar, lo que, a mi entender, era y es violar el derecho y herir la sensibilidad de una Catalunya cada vez más indignada, como lo estaba yo, y no solamente por el hecho de haber vivido allí, sino por principios democráticos y cuestiones de sentido común que siempre he tenido bien arraigadas.

Al menos dos meses después de la conferencia, una tarde, a la hora de la merienda, sonó el teléfono de mi mesa. "Hola. Soy Àngels, Àngels Cardona. ¿Se acuerda de mí? Prometí llamarla y así lo hago. La persona que nos presentó me ha contado de su gran implicación hacia lo catalán y su generosidad para con nosotros y nuestro sentir. Y me preguntaba si le apetecería tomar algo conmigo".

Me citó en la cafetería del Círculo de Bellas Artes. Como llegué primero, elegí una mesa redonda, pegada a la ventana. Hacía mucho que no iba por allí. Así que, con ojos de forastera que quieren fotografiarlo todo, no perdí detalle de aquel lugar de inmensa belleza: sus techos altos, con el lienzo enmarcado que preside todo el centro, los apliques de luz con cristales cayendo en cascada, aumentando mucho más la elegancia, las columnas de color blanco como a punto de inaugurar la puesta de largo, así como la silla de madera maciza, con cojín azul, que no recordaba, y que me pareció bastante confortable. Ya habían encendido el alumbrado artificial de las calles; por eso adiviné que la Cibeles resaltaría en el centro de la plaza, y que la silueta de los edificios perfilaría su contraste en el paño oscuro de la noche.

Àngels llegó en punto, nos besamos y vinieron a tomarnos nota. Acompañaron a las dos cervezas un plato con olivas. Iniciamos la conversación con cordialidad, pero la impaciencia no me dejaba disfrutar en plenitud del momento. Así que, de forma rápida, introduje en nuestra charla el elemento que más me interesaba. Quise que me hablara de su experiencia, no la profesional, si no la de activista, y, más concretamente, de la repercusión que había tenido su respaldo al 'Manifest a favor de la diversitat de llengües', algo que desde aquí --como he dicho antes--, por absoluta desinformación, es mal entendido, distorsionado, denostado.

Explicar las cosas a pie de calle

"Mira, aquello supuso para mí un paso al frente; significó posicionarme en primera línea, haciendo llegar a los de dentro lo importante que es explicar las cosas fuera, a pie de calle, con palabras llanas, sin discursos políticos; para que llegue con transparencia que la cultura, la gastronomía, la lengua, las señas de identidad de un país son las células madre del mismo, aquello que lo engrandece, que lo hace libre, que renueva de generación en generación las raíces de donde surgimos. Yo, como catalana --sin entrar en valoraciones de signo independentista cuyo análisis requeriría mayor profundidad--, te diría que me siento muy orgullosa de lo que hemos avanzado en ese sentido. Pondré un ejemplo: cuando visito la escuela y los niños de ahora se manejan con total soltura en los dos idiomas la alegría recorre todo mi cuerpo. ¿Sabes dónde quizá empeora el entuerto? Pues que fuera de Catalunya, y más concretamente aquí, en Madrid, se piensa que queremos arrinconar o destituir el castellano. Y no es así, tú lo sabes; ambas lenguas pueden convivir perfectamente, compartir cientos de hectáreas y complementarse la una con la otra haciendo hincapié, fundamentalmente, en que el multibilingüismo fortalece el músculo de la libertad. A veces tengo la sensación de que piensan que lanzamos cuchillos al aire, que tratamos a los no nacidos en nuestra tierra como si fueran intrusos. Tú sabes que no, que la realidad es otra y cualquiera que visite alguno de nuestros rincones verá que es bien acogido y comprobará que el estado de excepción no se ha reinstaurado. Ya sé, nunca se debe generalizar, pero cuando pedimos respeto es porque nos sentimos ofendidos, y últimamente más, porque desde no se sabe muy bien dónde, ¿o sí?, se ocupan de aumentar la crispación jaleando a las masas para que se levanten. No sé si me explico, aunque por otro lado está muy claro, y bastaría con divulgar el siguiente mensaje: cuando se pierde una lengua por ignorancia, por conceptos retrógrados de muy malas intenciones, una parte de nosotros muere con ella. Catalunya es un país que hay que conocer, una nación que merece la oportunidad de crecer, un territorio con personalidad, con plante, con estructura y una población con herramientas propias para abrirse camino. Así que no va a quedar más remedio que sacudir la alfombra para barrerla de prejuicios, hacer oídos sordos a aquellos que manejan los hilos del desencuentro, y construir entre todos, los de fuera y los de dentro, un terreno rico en diversidad, para darles en las narices a los que se empeñan en ahogar nuestros orígenes, los de cada uno".

Desde entonces, y aunque no conseguí que me publicaran el reportaje, mi compromiso con Catalunya es, si cabe, más fuerte, porque, juntas o por separado, hacemos llegar al resto de la Península el sentir de un país cuya finalidad no es levantar barricadas, sino, más bien, acoger a todo aquel que quiera saber, explicando la historia bien contada, como hicieran conmigo. Después, cada uno tiene el grado de implicación que quiere, y se deja robar un pedazo del corazón, como hice yo, porque 'al costat de la seva gent faig el camí d¿un poble que té una rica història i per univers tot el futur' (junto a sus gentes hago el camino de un pueblo que tiene una rica historia y por universo todo el futuro).

Confío plenamente en que las generaciones que están por venir entierren el hacha de guerra, se manejen naturales en la multipluralidad y no sigan alimentando la consigna desagradable de "conmigo o contra mí", porque el enemigo no son, ni mucho menos, los hombres y mujeres cuya primera lengua no sea el castellano, de manera que al adversario habrá que desenmascararlo, precisamente, cuando haga correr la hostilidad para romper las relaciones.