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NÓMADAS Y VIAJANTES

Genocidas en el banquillo

Ramón Lobo

Nadie está a salvo de convertirse en un asesino. Las circunstancias, el miedo, la sensación de impunidad pueden transformar a una persona cabal en un criminal de guerra, en un asesino de masas. La cultura y la educación apenas nos protegen de la barbarie interior. En No matarían ni a una mosca (Editorial Global Rhythm Press), la escritora croata Slavenska Drakulic, recoge algunos casos de las guerras balcánicas: gente normal, como nosotros, capaz de disparar a la cabeza de un prisionero postrado junto a una alcantarilla, para que la labor de limpiar la sangre sea más sencilla. Es el poder absoluto el que enloquece absolutamente al hombre.

Ver sentado en el banquillo de los acusados al general Efraín Ríos Montt, un dictador que gobernó Guatemala a capricho en 1982 y 1983, debe producir una gran conmoción a las víctimas. El militar centroamericano es el responsable de ordenar, o consentir, 472 matanzas que causaron la muerte a 1.771 mayas ixíes en el Quiche norte.

Cada día decenas de familiares guardan cola ante la Corte Suprema de Justicia. Es un gesto emocionante, de confianza en la ley en un país en el que el 97% de los crímenes quedan impunes, un país que sigue controlado por los militares y los terratenientes. Los testigos cuentan su historia desde el estrado, los horrores vividos; cómo el Ejército entraba en las aldeas, reunía a los habitantes en la plaza o en la iglesia y los mataba; cómo los soldados estampaban a los niños contra los muros y abrían en canal a las mujeres embarazadas.

Ese horror puede ser narrado cada día a partir de las ocho de la mañana delante del hombre que parecía de todo intocable. Los testigos hablan ayudados por un traductor, con la mirada puesta en el tribunal, su esperanza. En el centro de los tres jueces, la magistrada Yassmín Barrios, la heroína de una transición abortada.

Hay personas excepcionales como ella que no solo tienen agallas para frenar a la bestia que nos habita, las tienen también para creer y defender valores, jugarse la vida y su libertad (va acompañada de guardaespaldas) por los demás, por principios como la justicia y la igualdad ante la ley. Barrios presidió también el juicio de los que mataron o mandaron matar al obispo Juan Gerardi en 1998; es la responsable de otro proceso no menos histórico que afecta a militares: la matanza de las Dos Erres en Quiché. No es una mujer que se amedrente ante uniformes y servicios secretos.

Los antes intocables

Sentado en las escaleras de la sala, a pocos metros de Ríos Montt, brotan memorias de la guerra de Bosnia-Herzegovina y del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, con sede en La Haya, de la importancia ética de ver a los antes intocables -Slobodan Milosevic, Radovan Karadzic y Ratko Mladic- sentados entre dos agentes de seguridad. Llegan memorias del Tribunal Especial de Sierra Leona, de Charles Taylor, y del de Camboya, de los jemeres rojos. No existe perdón ni reconciliación sin dignidad y justicia.

El poder es boato y el poder absoluto exige un boato absoluto. Si se desnuda al dictador de su desmesura queda expuesto. Le sucedió al general Augusto Pinochet en su regreso a Chile postrado en una silla de ruedas, una treta para impedir su extradición a España. El general que se había reservado un sitio en la Historia de Chile no tuvo juicio pero sí castigo: entrar en la otra historia, la de la infamia, a la que pertenece, junto a generales argentinos y uruguayos.

Se juzga a Ríos Montt por el delito de genocidio, entre otros. Los exmilitares y el mismo presidente, Otto Pérez Molina, niegan que existiera tal delito; prefieren el término «excesos». El presidente de Guatemala no habla para proteger al exdictador sino para protegerse a sí mismo: fue comandante de una unidad en la zona de las matanzas ixíes. Le apodaban 'Tito'. Eso fue antes de su reconversión en general de la paz, el que firmó los acuerdos con la guerrilla en diciembre de 1996.

Se juzga a un general guatemalteco pero ningún tribunal juzga a los responsables primeros, a los que apoyaron a decenas de dictadores latinoamericanos, a los que fabricaron psicópatas en serie con uniforme en la Escuela de las Américas. Nadie juzga al más fuerte.

A los países les sucede como a las personas: no es bueno que se sientan impunes, por encima de ley. A ellos tampoco les protege la educación y la cultura, los valores y las constituciones. Guantánamo es el símbolo y la vergüenza de un clima político incompatible con la democracia.

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