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Los SÁBADOS, CIENCIA

Mujeres en ciencia: ahora y aquí

Manel Esteller

Hay que exigir lo máximo a las féminas que investigan, pero también procurar que tengan todos los medios

Una de las buenas noticias de los últimos 50 años en materia de ciencia es la progresiva incorporación de la mujer a la tarea investigadora. Si muchas honrosas excepciones existieron en la edad clásica, como Hipatia (siglo IV), que en Alejandría estudió matemáticas, astronomía y mecánica, no es hasta el comienzo del siglo XX que surge el gran icono de la investigación en femenino: Marie Curie. Nacida en Polonia y posteriormente nacionalizada francesa, ganó el Premio Nobel de Física en 1903 y el Premio Nobel de Química en 1911 por sus descubrimientos en el campo de la radiactividad. ¡Para quitarse el sombrero! Y además, contagió la pasión por la investigación a su hija mayor, Irène Joliot-Curie, que también fue galardonada con el Premio Nobel de Química (1935). No me puedo ni imaginar las conversaciones familiares de la sobremesa de los domingos...

El mérito de la doctora Curie fue enorme, porque desarrolló su excelente trabajo en un ambiente claramente discriminatorio hacia su sexo. En este caso, si muchas veces se dice que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, también el trabajo del marido de la doctora Curie, Pierre Curie (también Premio Nobel de Física en 1903), fue muy importante. Desgraciadamente, Pierre murió atropellado por un carro de caballos en las calles de París en 1906, de forma muy parecida a como otro genio, el catalán Antoni Gaudí, lo haría embestido por un tranvía en la calle de Bailèn 20 años más tarde.

No obstante, fue a partir de la finalización de la segunda guerra mundial que el papel de la mujer comenzó a crecer poco a poco en número de investigadoras y en relevancia. Evidentemente, se continuaron sucediendo injusticias flagrantes, como la ausencia de reconocimiento en su época de la investigación llevada a cabo por la doctora Rosalind Franklin, que con sus experimentos de difracción de rayos X a principios de los años 50 contribuyó decisivamente a describir la doble cadena de ADN, nuestro material genético. Pero el camino ya estaba marcado y acabaría produciendo los mejores investigadores en sus campos, todos ellos mujeres, como Barbara McClintock (Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1983 por sus trabajos en mapeo genético), Rita Levi-Montalcini (Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1986 por su descubrimiento sobre el factor de crecimiento neuronal), Elizabeth Blackburn (Premio Nobel de Medicina o Fisiología en el 2009 por caracterizar los extremos de los cromosomas, telómeros), Lynn Margulis (la unión entre células primitivas para originar células más modernas, endosimbiosis) o las primatólogas (no es el estudio de los primos, sino de los primates) Jane Goodall y Dian Fossey. El libro de esta última, Gorilas en la niebla, todavía despierta en mí recuerdos de unos tiempos que no volverán.

Por aquí hemos ido haciendo lo que hemos podido en la incorporación definitiva de la mujer a la carrera científica y para que tenga los mismos derechos, pero también las mismas obligaciones, que los hombres. La Segunda República creó una primera semilla de mujeres investigadoras rápidamente arrasada por la ignorancia y el desprecio del conocimiento de 40 años de franquismo. La recuperación democrática comenzó a intentar poner las cosas en su lugar, y en esa etapa una discípula del profesor Severo Ochoa (Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1959), la doctora Margarita Salas, fue una pionera en la introducción de la biología molecular en el Estado.

En nuestro país, en Catalunya, esta llama de investigadoras destacadas la sigue llevando mucha gente, como la doctora Lina Badimon (trombosis y arteriosclerosis, Centre d'Investigació Cardiovascular y Hospital de la Santa Creu i Sant Pau), la doctora Anna Veiga (infertilidad y células madre, Centre de Medicina Regenerativa e Institut Universitari Dexeus), la doctora Fàtima Bosch (terapia génica, Universitat Autònoma de Barcelona) o mujeres algo más jóvenes como la doctora Mara Dierssen (neurobiología y síndrome de Down, Centre de Regulació Genòmica), la doctora Aurora Pujol (neurociencias y adrenoleucodistrofia, Institut d'Investigació Biomèdica de Bellvitge), la doctora Laura Lechuga (biosensores, Centre d'Investigació en Nanociència i Nanotecnologia) y la doctora Núria López-Bigas (estudio computacional de las enfermedades humanas, Universitat Pompeu Fabra). Incluso hemos sido capaces de importar talento femenino de fuera como la doctora Caterina Biscari, la directora italiana de nuestro sincrotrón Alba. Debemos exigir a todas ellas lo máximo, pero también debemos procurar que tengan los medios para poder desarrollar sus excelentes investigaciones.

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