08 abr 2020

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AL CONTRATAQUE

Cambiar de hora

Pepa Bueno

Esta noche le cambiaremos la hora al reloj. Se nos ha ido el primer trimestre del quinto año de la Gran Crisis y aquí estamos: con el paro creciendo, con la clase media más empobrecida, con los ahorradores tratando de distinguir entre la quita a los depósitos de los chipriotas y la quita a las preferentes de los españoles, sin acabar de remediar los desahucios, con la prima de riesgo nerviosa, el crédito sin fluir, el pus de la corrupción largamente ignorada reventando por todos los poros, sin explicaciones políticas, pedagogía ni liderazgo... y sin más alegrías colectivas que algún partido de fútbol.

La verdadera novedad de estos largos cinco años ha sido la tímida explosión de una ciudadanía con más miedo que ira pero que ha encontrado en la desgracia común fuerzas para oponerse en grupos pequeños al desastre más próximo que tenía. El desahucio de un vecino o la pérdida de una parte de los propios ahorros. Gente que ha salido a la calle simplemente a decir que esto es una indecencia, una injusticia, y que nadie les hable de demagogia mientras se enteran por los medios de cuánto se lleva el dimitido consejero delegado de Iberia -más de un millón de euros de retiro tras cuatro años de servicio- o de que la presidenta de Navarra argumenta que cobrar casi 6.000 euros al día en dietas de la caja de ahorros antes era «normal». Todo esto pasa ante nuestros ojos sin que nadie parezca hacer acuse de recibo. Sin que los que pierden la casa como deudores de buena fe o quienes se han quedado sin una parte de sus ahorros hayan recibido una explicación clara y concreta de por qué ha ocurrido esa hecatombe en sus vidas y qué medidas se han tomado para que quienes les ayudaron a caer al precipicio paguen.

La respuesta al 'escrache'

Y luego se asombran de que las protestas suban de tono y nos sobresaltamos por las concentraciones ante los domicilios de políticos. Es preocupante, sí. Pero quizá habría que reflexionar sobre por qué el malestar social busca esas vías de expresión y no otras en una democracia. Desde luego, que la única respuesta política sea que el Ministerio del Interior enviará a la policía a combatir los escraches es otra muestra de ceguera.

En su ensayo Todo lo que era sólido, Antonio Muñoz Molina describe la borrachera de bancos y cajas campeones, casas de lujo, coches de alta gama, viajes carísimos, grúas, grúas, grúas, grandes eventos, expropiaciones de terrenos, avasallamiento del litoral, canapés e inauguraciones que se vivió en España durante los años inmediatamente anteriores al estallido de la crisis. Y se interroga, como deberíamos interrogarnos todos: «¿Cómo es que ese ruido no nos atronaba? ¿Qué veíamos, en qué estábamos pensando? Si mi oficio es mirar el mundo para poder contarlo, ¿cómo es que no me fijé en lo que sucedía, en lo que tenía delante de los ojos, lo que se publicaba en el periódico que yo compraba...?».

Tendremos que preguntarnos si ahora, cinco años después, nos está atronando suficientemente el desconcierto, la indignación, la inseguridad y la rabia que se perciben en tantos españoles. No sea que un día nos reprochemos no haberlo visto a tiempo.