Análisis

4
Se lee en minutos
Un guerrillero rebelde dispara hacia posiciones de las fuerzas gubernamentales en la ciudad siria de Alepo.

Un guerrillero rebelde dispara hacia posiciones de las fuerzas gubernamentales en la ciudad siria de Alepo. / AFP / BULENT KILIC

Llevamos dos años contemplando impotentes y horrorizados el drama de Siria: más de 70.000 muertos y 800.000 refugiados. Son muchos los factores que están en el origen de este conflicto, en su degeneración y en la dificultad para escapar de él. Pero existe un factor clave: el descontrol y la proliferación de las armas. Porque cada guerra, cada genocidio y cada represión, son diferentes y tienen factores explicativos específicos. Pero todas estas situaciones comparten un hecho: se producen con armas.

En el caso de Siria, Rusia y antes China han abastecido sin remilgos a un régimen que en lugar de asumir su carencia de legitimidad, se ha aferrado al poder a expensas de la vida de mucha gente. Y, en medio del desinterés global, una parte de la oposición acabó por desestimar la revuelta pacífica y apostar por la vía armada. Decenas de vuelos cargados de armas procedentes de Catar y Arabia Saudí han aterrizado en Turquía en los últimos meses y, de aquí, se han desviado hacia los rebeldes.

Facilitar armas en estos contextos es, se vista como se vista, una manera directa de contribuir a la tragedia. Hay que hacer muchas cosas para mejorar este mundo e impedir situaciones como las de Siria. Pero hay una muy clara si realmente queremos reducir la violencia: poner freno a las transferencias irresponsables de armas.

Llevamos años diciéndolo y siempre topamos con la incredulidad de quien nos escucha, pero es tristemente cierto: el comercio de muchos productos se encuentra más regulado globalmente que el de las armas. Más allá de lo que dicten sus leyes estatales (solo una sesentena de países tienen) o regionales (como el caso de la UE), los estados pueden hacer lo que quieran.

Los impactos de esta falta de regulación son evidentes en Siria y en otros muchos lugares (Sudán, Congo, Mali, etc.). Y nos llevan a situaciones absurdas: mientras hace dos años nos emocionábamos con las revueltas ciudadanas en los países árabes, los dictadores reprimían a sus poblaciones con armas vendidas, también, por países democráticos.

No puede ser. Hay que poner orden. Y hay que hacer algo para evitar que más de 500.000 personas, cada año, pierdan la vida debido a la violencia armada.

Hace ya 10 años, la Campaña Armas Bajo Control, impulsada por varias oenegés, reclamaba la adopción de un Tratado sobre Comercio de Armas. Un tratado que tenía que arrojar luz donde solo hay opacidad y tenía que obligar a los estados a evaluar el impacto sobre los derechos humanos y la estabilidad del país receptor antes de autorizar o no una venta de armas.

Fabricación por piezas

Después de tres años de negociaciones diplomáticas en las Naciones Unidas para adoptar un proyecto de Tratado sobre Comercio de Armas (TCA), ahora quedan solo dos días para el fin de la última Conferencia en Nueva York. Tenemos un borrador que debe ser mejorado para que el Tratado devenga un instrumento útil: hace falta que todas las armas convencionales queden bajo la regulación del Tratado. Sin excepciones. También las municiones: sin una bala, una pistola no es nada. Y hay que tener presente que hoy muchas armas se fabrican por piezas en diferentes países y se acaban juntando en un tercer país: debemos controlar también las transferencias de componentes. Un TCA claro y exigente en los criterios. No se pueden aprobar aquellas transferencias de armas que puedan facilitar la vulneración de derechos humanos, alimentar situaciones de represión, contribuir a matanzas...

Nos encontramos ante una oportunidad histórica. Con mucho esfuerzo, el movimiento por la paz y los derechos humanos consiguió dos grandes victorias: los acuerdos de prohibición de armas tan crueles como las minas antipersona y las bombas de dispersión. Dos hitos que demostraban que la sociedad civil podía ser motor de cambio e impulsar la adopción de tratados internacionales. Y que evidenciaban que aunque las negociaciones de desarme son muy complejas, la movilización ciudadana podía dinamizar una voluntad política de cambio.

El reto, ahora, es mucho mayor: no hablamos de conseguir la prohibición de una arma concreta que implica a unos pocos países sino de regular todas las transferencias de armas convencionales que, poco o mucho, afectan a prácticamente todos los estados del mundo.

Noticias relacionadas

Hay algunos países que se muestran muy reticentes a aceptar un TCA. Y el lobi de las armas presiona todo lo que puede para impedir que su actividad se vea afectada. Pero, más allá de las oenegés, una gran mayoría de gobiernos del mundo apuestan por un TCA sólido y fuerte: este lunes lo veíamos en la sesión plenaria de la Conferencia cuando 103 delegaciones estatales hicieron una declaración conjunta claramente favorable.

No nos podemos permitir fallar otra vez. Si la principal responsabilidad de los gobiernos y la comunidad internacional es promover políticas que traigan más bienestar a la población, poner freno a la proliferación y el descontrol de las armas es, hoy, una política imprescindible y urgente.