13 ago 2020

Ir a contenido

Análisis

La guerra de Irak partió a Europa en dos

Carlos Elordi

La decisión de George Bush de invadir Irak, más que provocar una ruptura entre Estados Unidos y Europa, lo que hizo fue partir a Europa. Además de cargarse la legalidad internacional y de agravar el conflicto de Oriente Próximo, el presidente norteamericano dividió a nuestro continente en dos bloques enfrentados. Francia y Alemania, los dos pilares en los que se sostenía la UE, desafiaron a Bush, propusieron que los inspectores de la ONU siguieran investigando y se opusieron a la acción militar. El resto de los países firmantes del Tratado de Roma, es decir, el núcleo fundacional de la Unión, apoyaron esa postura. Pero la Gran Bretaña de Tony Blair, la España de José María Aznar y los países del Este se alinearon con Estados Unidos y fueron con él a la guerra.

Dominique de Villepin, el entonces ministro francés de Exteriores, y su colega alemán, el verde Joshka Fischer, se enfrentaron a los representantes norteamericanos en el Consejo de Seguridad de la ONU. «No olvidemos que después de haber ganado la guerra habrá que construir la paz», dijo De Villepin en una intervención que algunos han considerado histórica.

La postura franco-alemana reflejaba las demandas de la opinión pública europea, que en esos días se expresaba en multitudinarias manifestaciones en todos los países de nuestro continente. Y Francia y Alemania, junto a China, Rusia y distintos países latinoamericanos y asiáticos, rechazaron la resolución que había propuesto Estados Unidos para que se le permitiera iniciar los bombardeos.

Pero Washington decidió actuar a pesar de que eso ilegalizaba la guerra. Y Londres, Madrid y las capitales del Este le siguieron. Blair esperaba que su apoyo a Bush le permitiera recuperar algo del peso internacional que Gran Bretaña había perdido desde entonces. Aznar soñaba convertirse en un nuevo grande del mundo. Y los países del Este, descontentos con una UE que retrasaba su integración en la misma, decidieron que su futuro dependía de una buena relación con Washington y no de París o de Berlín.

Al tiempo que atacaba en Irak, Bush emprendió un ataque frontal contra «la vieja Europa» de la mano de los exponentes de la «nueva». Y los neoconservadores norteamericanos emprendieron una campaña de denigración, de Francia y, algo menos, de Alemania, que llegó al punto de que las patatas fritas dejaron de ser «a la francesa» en la carta de los comedores del Congreso y del Senado.

La Unión Europea quedó dividida como nunca lo había estado desde su fundación. Y evitar el desastre que esa ruptura en la política exterior presagiaba para el futuro de la Unión misma se convirtió, de golpe, en la prioridad de la política europea. Francia y Alemania decidieron muy pronto dulcificar su postura y dos meses después, justo después de que Bush declarara que EEUU había ganado la guerra, apoyaron una resolución de la ONU, la polémica 1483, que santificaba la ocupación de Irak y daba mano libre a los norteamericanos y a los británicos -que allí habían mandado casi 50.000 soldados- para que la llevaran a cabo según sus propios criterios.

Con el tiempo, y con la caída de Aznar, de Blair y de Bush, aquella fractura se fue recomponiendo. Pero el dramático episodio alejó, posiblemente para siempre, la posibilidad de una verdadera política exterior común europea.