El relevo en el Vaticano

Los pequeños cambios son poderosos

Con Francisco no habrá continuismo, pero tampoco grandes variaciones doctrinales o estructurales

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El corto tiempo de espera para la elección de un nuevo Papa siempre genera expectativas, tanto buenas como malas. Y ahora sería ingenuo dejarse arrastrar por los grandes deseos o las esperanzas de grandes cambios que hemos ido levantando durante este tiempo. Después de la elección del papa Francisco queda claro que no habrá continuismo, pero tampoco esperemos grandes cambios (ni doctrinales ni estructurales), aunque sí podemos esperar pequeños signos y pequeños gestos que a la larga son los que mueven la Iglesia. Así lo hizo san Francisco de Asís en el siglo XIII, sin moverse de su Umbría natal. Como también ha sido un gran cambio el gesto de la renuncia de Benedicto XVI.

NUNCA UN PAPA de la era moderna había dimitido. Pero tampoco nunca había habido un Papa latinoamericano ni nunca había habido un Papa jesuita. Son cosas pequeñas, si se quiere, pero a la larga tienen su profundidad. No se podía seguir manteniendo que la gran masa social del catolicismo estuviera en América del Sur y, en cambio, el discurso universal se hiciera desde el rancio clericalismo europeo. El papa Francisco deberá seguir manteniendo el entusiasmo del catolicismo latinoamericano, con una clara apertura al mundo asiático (donde los jesuitas tienen tanto invertido) y al mismo tiempo continuar frenando la gran ola de secularización europea.

Esto, por su talante personal, lo podrá hacer con dos cosas: con las palabras y con los gestos (casi como Jesús de Nazaret). Seguro que pronto notaremos en el Vaticano el cambio de lenguaje. Del lenguaje conceptual de Benedicto XVI pasaremos ahora a un tono algo más espiritualizado. Y no lo digo en sentido despectivo, sino que me refiero a un discurso que llegue más al corazón que al cerebro, o que mueva más los sentimientos que las teorías. Esperamos y deseamos que Jorge Mario Bergoglio no pierda su lenguaje crítico contra «el capitalismo que genera una nueva esclavitud», como dice él, en una época en que la crisis económica, que es global (como él), arrincona a tanta gente a elegir entre su piso o la vida. Esperamos esa voz moral.

Esperamos también que su declarada austeridad de vida se pueda ver en muchos gestos en esta ya gravosa fastuosidad del Vaticano. Si dicen que hasta ahora el cardenal Bergoglio sorprendía por la gran sencillez de su vida y por su gran proximidad con la gente, especialmente con la gente sencilla de los barrios de Buenos Aires, y celebrando la misa en la calle con los que recogen cartones, ahora tendrá mucho trabajo. Podemos pensar en unas formas más humildes de vestir y de celebrar. Si dicen que no tenía coche particular y que siempre se trasladaba en transporte público, en autobús (al que los argentinos llaman el colectivo), podemos esperar un estilo más cercano de viajar, en el que sea más importante visitar las comunidades cristianas que los países. Si dicen que él mismo se preparaba la comida, más le valdrá que no se deje cocinar tanto las cosas por la curia vaticana y que sirva él mismo los platos, para recuperar el título del papa Gregorio el Grande (540-604): «El siervo de los siervos de Dios».

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Finalmente, esperamos que el papa Francisco también mantenga el talante consultivo de los jesuitas, maestros del discernimiento con la ayuda de los demás. Siguiendo el espíritu del concilio Vaticano II, la Iglesia católica necesita mucha más corresponsabilidad, en la que sea más importante el equipo que el cargo de responsabilidad. Se necesita que los obispos recuperen su colegialidad y que las conferencias episcopales dejen de estar bajo la sospecha continua de la maquinaria vaticana. Quizá ha llegado el momento en que sea más responsable dar la opinión que seguir las consignas. Tras las reuniones previas al cónclave, los cardenales norteamericanos hacían ruedas de prensa con los periodistas porque decían que ellos se debían a sus fieles, a los que les habían prometido transparencia. No está nada mal tener un Papa que escucha lo que se dice y se piensa en todas partes. Aunque con la curia vaticana deberá tomar decisiones serias y las tendrá que seguir con firmeza si no quiere que los papeles le acaben desapareciendo de encima de la mesa.

LOS QUE DIJIMOS, tras la elección de Joseph Ratzinger, que Benedicto XVI era una Papa de transición, ahora tenemos que reconocer a donde nos ha llevado este proceso. Según parece, nos ha devuelto al que fue su competidor hace ocho años en el anterior cónclave. Dicen que entonces su valedor, su gran elector, fue otro jesuita, el cardenal Martini, que apostó por él. Ambos perdieron o entregaron sus votos a Ratzinger, quien conocía los males internos de la Iglesia. Ahora, ocho años después, Bergoglio ha salido elegido. Quizá hacía falta esta pequeña transición. ¡Esperemos que todos salgamos ganando!