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NÓMADAS Y VIAJANTES

La música de la revolución

Ramón Lobo

La muerte de Hugo Chávez, las escenas de dolor popular, la escenificación de una ausencia que dejó esta vida para buscarse otra como mito, resucita las canciones de siempre, las dedicadas al Che y Allende, ese corpus revolucionario latinoamericano que tanto agradaba al líder difunto. La música despierta amabilidades, une, alienta un sentimiento de pertenencia, aviva utopías.

La Latinoamérica zarandeada por dictaduras made in USA en los años 70 y 80 generó una lucha paralela de letras y melodías, de inteligencia popular como narra la película chilena No, contra la que poco podían los carros de combate y los comandos que desaparecían personas. Se pueden asesinar cantantes, no sus voces. Todo cambia, de Mercedes Sosa, llena estadios y corazones. El aparecido, cantado por Inti Illimani, Venceremos y El pueblo unido jamás será vencido, de Quilapayún, son símbolos continentales, como lo son Silvio Rodríguez (Ojalá) y Pablo Milanés (Yo pisaré las calles nuevamente).

Los pueblos que saben cantar, expresar la rabia, sus anhelos a través de la música son pueblos invencibles; quizá no ganan batallas pero conquistan en la memoria colectiva el derecho a permanecer. Por eso sobrevive Víctor Jara con sus manos intactas.

En Europa existe un despertar musical. Las melodías esenciales de esa memoria mayoritaria dejan la individualidad de los teléfonos móviles y demás aparatos reproductores para regresar a los ciudadanos, a teñir las manifestaciones y renovar sentimientos. La calle se colma de energía y apoyos para regresar a los Parlamentos a través de movimientos sociales. Sucedió en Portugal con Grândola Vila Morena cuando se la cantaron a capela al primer ministro Passos Coelho.

Allí no existe, de momento, un Beppe Grillo ni un 15-M para desafiar al poder político y económico, pero tienen la canción, el password que moviliza cientos de miles de ciudadanos y sintoniza todo un país en la exigencia de un cambio radical de rumbo. El himno de la revolución de los claveles, que sirvió de señal para el inicio del golpe de Estado que derrocó la dictadura salazarista en 1974, es hoy un segundo himno nacional, un grito contra una troika insensible que coloniza el país. No es el Movimiento Cinco Estrellas pero tiene el germen en el grupo Que Se Lixe A Troika (Que se joda la troika).

Himno del milagro

En Francia no necesitan rebuscar entre las letras de Georges Brassens porque tienen La Marsellesa: posee la carga necesaria para despertar, agitar, arrancar de sus asientos a las personas cansadas, temerosas. La Marsellesa de la película Casablanca es la más emotiva: un duelo de letras y valores en el café de Rick. No importa cuántas veces se escuche, suena como la primera; es el triunfo de la libertad frente al nazismo.

Sudáfrica se independizó cantando el himno del Congreso Nacional Africano, Nkosi Sikeleli, una canción panafricana que también es himno nacional en Zambia y Tanzania. Representa la lucha por la liberación, contra el apartheid, por la igualdad. Cuando suena en las gradas de un estadio de rugbi, cuando blancos, negros, indios y mestizos entonan la misma letra, se produce un milagro. Esa música suena a Nelson Mandela, a otro mundo es posible.

La transición española alumbró decenas de canciones esenciales. L'Estaca, una de las más célebres de Lluís Llach, se convirtió en el himno de lucha del sindicato Solidarnosc de Lech Walesa. L'Estaca que Llach imaginó como una roca franquista que había que apalancar, se transformó en una estaca paralela en otra tierra que robaba la misma libertad.

Punto y basta

En España no existe un Grândola Vila Morena, la canción incontestable que se entona en las tribunas del Parlamento, en las concentraciones y mareas. Podría ser El canto a la libertad de Labordeta, pero no habría acuerdo. Este es un país de discrepancia en los detalles mientras se escapa lo esencial.

Beppe Grillo iniciaba sus mítines con un rap de sus intenciones: «No somos un partido, una casta; somos los ciudadanos, punto y basta». En la primavera egipcia la canción Sout Alhoureya (La voz de la libertad) se hizo celebre en internet, pero no en la plaza, que prefería los eslóganes y los rezos. En Grecia, castigada por una depresión económica y psicológica, se canta bien alto a Mikis Theodorakis, a su celebérrimo Strose To Stroma (Haz un sitio en la cama para los dos) de Zorba.

Los símbolos musicales de la lucha contra las dictaduras del sur de Europa -coroneles, Salazar, Franco- renacen en medio de los ajustes, del expolio. En Inglaterra se canta en los estadios; es la terapia semanal. Es la base psicológica del fútbol, de Anfield (Liverpool), del You'll never walk alone (Nunca caminarás solo). Y en esto consiste la música: en saberse acompañado.

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