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El futuro de Venezuela

Un país a la sombra de un mito

Salvador Martí Puig

La figura de Hugo Chávez como mártir presidirá la campaña electoral en la que se votará al sucesor

Nicolás Maduro, hasta hace poco vicepresidente de Venezuela y ahora presidente interino, anunció ante los medios de comunicación la muerte del comandante y también insinuó la implicación de Washington en ella. Poco después, todos los medios del mundo se hacían eco de la noticia y especulaban sobre la figura del singular mandatario y sobre el futuro del país.

De la figura de Chávez hay poco más que decir (o añadir). Se trataba de un personaje exuberante y tropical, desbordado por su pasión y energía. Pero también fue un militar (que se pasó a político) muy singular. Chávez se adoctrinó -clandestinamente en los cuarteles- en el marxismo «dependentista» cuando la mayoría de los militares de la región comulgaban con las doctrinas de la seguridad nacional promovida por EEUU para aplastar las débiles democracias latinoamericanas.

Años después, se movilizó contra la represión desplegada en 1989 en los disturbios que rechazaban la subida de los precios de productos básicos, conocidos como el Caracazo. A partir de entonces, todo el mundo sabe el resto de la historia: la proyección nacional del personaje, los años de cárcel, la primera victoria electoral y el cambio de Constitución, un intento militar para derrocarlo y su posterior consolidación (por la vía electoral) en el poder.

Ahora comienza un proceso electoral con el objetivo de elegir al nuevo presidente, todo dentro de la legalidad del país. En este sentido, lo que sucederá desde ahora en Venezuela tendrá más de continuidad que de ruptura. En este marco, el peligro para el chavismo es enfrentar una campaña en una situación marcada por una profunda crisis económica, una inseguridad ciudadana desbocada y una grave parálisis administrativa. Con todo, la oposición tampoco está en su mejor momento. El liderazgo de Capriles está cuestionado por su reciente derrota y no hay ningún proyecto unitario. Además, las expresiones de alegría y gozo de los militantes antichavistas (muchas veces con un fuerte contenido racista y elitista) han ofendido profundamente a una amplia base popular que -sin estar vinculada con el «socialismo del siglo XXI»- reconoce que Chávez fue el primer mandatario de la República que la tuvo en cuenta a la hora de hacer políticas públicas y el único que la ha representado simbólicamente.

Estos dos últimos puntos son muy relevantes para entender el apoyo al chavismo. La reducción de los índices de pobreza (rural y urbana) y la alfabetización universal en el país son dos conquistas que no se pueden despreciar. Pero aún lo es más la percepción de muchas personas de origen humilde que vieron en su figura una persona cercana (como ellos) que hacía bandera de una identidad mestiza, popular y plebeya. Para muchos de los venezolanos ver a Chávez en Aló Presidente era algo parecido a lo que ocurría entre los eurócratas de Bruselas cuando veían a Mario Monti en una rueda de prensa: se identificaban inmediatamente.

¿Qué pasará a partir de ahora? Es previsible que Maduro comience una campaña basada en la figura de Chávez y en la búsqueda de algún culpable de su muerte. En esta dirección hay que entender la acusación contra Washington.

¿Cuáles son las razones de esta atrevida afirmación? La primera es encontrar un culpable a quien reprochar una cuestión tan azarosa como la salud personal del dirigente. La segunda es proyectar a Chávez como un mártir de la revolución y de la lucha antiimperialista. Y la tercera es poner un nuevo tema de debate en la sociedad (y para que no se hable de otras cuestiones, como la parálisis operativa del régimen) y así volver a generar una nueva ola de polarización que divida a los ciudadanos entre los chavistas-revolucionarios y los antichavistas-imperialistas.

Es evidente que los nuevos pasos a seguir por parte de los dirigentes chavistas (con Nicolás Maduro a la cabeza) están necesariamente vinculados a la racionalización económica y la mejora en la gestión pública, pero mientras tanto precisan mantener parte del carisma de Chávez para continuar ganando elecciones. Y una manera de conseguirlo es hacer bandera de su legado y, sobre todo, de su persona. Así lo hicieron Cristina Kirchner o Violeta Barrios de Chamorro con sus respectivos maridos, y funcionó.

Hoy, Venezuela comienza una nueva etapa política, pero esta posiblemente no es la que predicen los opositores ni Washington (que prevén una nueva institucionalidad), sino una etapa marcada por la memoria y la adhesión simbólica de un nuevo mártir revolucionario. Desde hoy casi todo el mundo se proclamará chavista, a pesar de que ello pueda significar cosas totalmente diferentes.

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