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ANÁLISIS

¿Adónde irás, revolución?

Cristina Manzano

Se han ido apagando los ecos revolucionarios en el continente americano. La épica de la conquista de la igualdad, la justicia y la equidad, de la lucha contra la tiranía por la fuerza de las armas se derritió con el paso del siglo XX y culminó con la retirada de Fidel Castro a sus aposentos. Pero la antorcha de Hugo Chávez, incluido su pasado golpista, había mantenido la llama viva hasta hace unas horas. Y ahora, ¿qué?

Maquillada con un populismo de nuevas formas (democráticas esta vez) y viejos fondos, una parte de la izquierda latinoamericana encontró a su guía espiritual -y material- en el comandante venezolano, tutelado por el último de los revolucionarios auténticos que queda en pie (y hermano). Chávez logró incluso aglutinarlos en su Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), en un alarde de conciencia continental y postura antiimperialista. El caudillo se ha ido sin dejar clara su descendencia ni dentro ni fuera. Entre sus más fieles seguidores Rafael Correa, presidente de Ecuador, parece el mejor colocado en la supuesta carrera para la sucesión bolivariana: acaba de ser reelegido y goza de la capacidad política, popular, intelectual y hasta retórica. Le falta, sin embargo, la cantidad de petróleo suficiente para mantener el despliegue de generosidad infinita utilizado por Chávez.

A Cristina Fernández tampoco le importaría asumir el papel de lideresa de la región. Pero su incierta deriva, con la que se ha ganado una férrea oposición de derecha e izquierda, mina sus posibilidades. A ello se suma una escasa credibilidad internacional, por hechos tan dispares como la forma de renacionalizar YPF o su enfurecida reivindicación de las Malvinas, que han contribuido a cerrar más el acceso de su país a los mercados mundiales. Y, de nuevo, en el siglo XXI, sin fondos no hay liderazgo revolucionario. El tamaño deja también fuera a otros «amigos» como Evo Morales y Daniel Ortega.

Queda por ver el papel que quiera asumir Brasil con su presidenta, Dilma Roussef, a la cabeza. Hasta ahora ha preferido jugar la carta de líder de perfil discreto y relaciones equilibradas: con sus vecinos de Suramérica, con Estados Unidos y con sus cada vez más numerosos socios del Sur mundial. Representante de una izquierda moderada y pragmática, Roussef está más concentrada en consolidar la regeneración política en su país luchando contra la corrupción, garantizar el crecimiento económico -ralentizado en los últimos meses- y asegurar el éxito en el Mundial de Fútbol del 2014 y en los Juegos Olímpicos del 2016.

¿Y Cuba? Más hábil, más sabio o, simplemente, más viejo que Chávez, Fidel quiso organizar su sucesión cuando vio que le fallaban las fuerzas. Hoy Raúl, a su modo, va preparando el futuro rodeándose de los suyos -habrá que ver si le da el tiempo y la vida-. Pero si el nuevo horizonte venezolano pone en peligro la llegada de petróleo fácil y barato, podría ser, esta vez sí, el fin de la revolución.

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