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La crisis económica e institucional

El reto de nuestra generación perdida

Carlos Carnicero Urabayen

O se canalizan políticamente, o las quejas de los jóvenes nacidos con la democracia serán papel mojado

Para quienes nacimos en democracia, esta crisis evoca la situación del franquismo que vivieron nuestros padres. Tenemos frente a nosotros un tsunami político de primer orden, con un país deconstruido en pocos años. La ruina moral, económica y política nos empuja por primera vez a un compromiso político que habrá que ejercer con radical creatividad. Tenemos, a diferencia de nuestros padres, la libertad para poder hacerlo. Pero la tarea no será nada fácil.

Casi nada queda en pie. La grave crisis económica ha terminado por devorar una a una nuestras instituciones. Asistimos al decadente ritual de conocer más detalles sobre delitos o prácticas moralmente insoportables, muchas veces minoritarias pero que han gozado de la connivencia de inquietantes mayorías. La combinación de incertidumbre económica, creciente miseria social y debilidad sistémica es insostenible. O regeneramos nuestro sistema o no saldremos adelante como país civilizado.

Es un reto mayúsculo para una sociedad que hace casi 40 años vivió un proceso constituyente de la dictadura a la democracia. Diseñamos el camino institucional hacia la modernización de España, catapultada por la entrada en la UE en 1986. Acompañada de la necesidad de hacer la paz entre dos Españas que en el pasado habían saldado sus diferencias con sangre y fuego. Algo nada menor a la vista de las experiencias violentas que en el este y el sur de Europa se han producido después en su tortuoso camino hacia la libertad.

No debemos olvidar los éxitos de la transición. Pero lo que los padres constitucionales diseñaron se encuentra hoy gravemente deteriorado. Su herencia no ha resistido el embate de esta crisis. Comenzando por los partidos políticos y sus malas prácticas, que han terminado por consolidar un sistema de élites extractivas donde el mérito y la preparación han pasado a un segundo orden; siguiendo por una Monarquía en la que no entra luz, precisamente porque un pacto de silencio, ahora caducado, lo ha impedido, animando además sus excesos. También requiere revitalizarse la sociedad civil, en especial la patronal, cuya dislexia entre la práctica y la retórica es penosa. Y los sindicatos, que no tienen las manos limpias tras la gestión de las cajas. Sin olvidar un diseño territorial financieramente desbordado y políticamente cuestionado.

La magnitud del reto de la construcción de la democracia de hace 40 años se parece al que tenemos hoy para regenerarla. Una tarea de especial importancia para una generación, la que nació en democracia, que sufre de manera especialmente dura la crisis económica y que ha sido bautizada cruelmente como generación perdida por la falta de un presente y un futuro dignos en nuestro país.

La generación perdida ha tenido en la mayoría de los casos un compromiso político menor, a la sombra de unos padres que en unos casos militaron contra el franquismo, en otros formaron parte de él, o simplemente lo padecieron. Esta gran sombra se ha extendido en unos jóvenes a los que la prosperidad económica en España situó en una suerte de confort intelectual, despolitizándolos e invitándoles a aceptar el statu quo como una realidad inmejorable. Un cuento de hadas que la crisis de manera abrupta se ha encargado de destruir.

El reto para la generación perdida no es nada fácil. Los jóvenes indignados han protagonizado el éxito del movimiento 15-M, que ha alcanzado atención mediática mundial. Desde luego, nadie les negará su acertada y temprana denuncia de nuestra decadencia democrática. Pero este éxito corre el riesgo de desorientar a los jóvenes sobre la manera de cambiar la realidad que les indigna: a través de las instituciones y la política.

La generación más preparada es también la más huérfana desde el punto de vista institucional. Los jóvenes participan poco en los canales de nuestro sistema democrático porque no creen en ellos. Los partidos políticos tienen verdaderos problemas para captar jóvenes, con los que su falta de conexión es particularmente aguda. Un esquema que también se refleja en la patronal y los sindicatos. ¡Cómo influir y defender tus intereses sin participar ni estar verdaderamente organizado!

Corre el riesgo la generación perdida de confundir la exigencia ética de ejercer la protesta con la exigencia política de construir una alternativa. El éxito de las protestas, por multitudinarias que sean, no podrá construir por sí solo un cambio en nuestra decadente realidad. O se canalizan políticamente o serán papel mojado. No hay otro camino que conquistar espacios en los partidos o fundar otros nuevos, fortalecer los movimientos asociativos y empapar de energía y creatividad nuestras enmoquetadas instituciones. Nuestro futuro y también el de nuestro país están en juego.

Politólogo. Máster en Relaciones Internacionales de la UE por la London School of Economics

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