13 ago 2020

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¡Valle-Inclán, vuelve!

Xavier Bru de Sala

Situaciones como la actual son propicias a una desestabilización que puede conducir al autoritarismo

No, esta España no se parece para nada a la que queríamos. Esta Catalunya, tampoco. No teníamos suficiente con el túnel de la crisis, con la oscuridad progresiva y la ausencia de perspectivas, no bastaba con tener que soportar una economía sin perspectivas, unos ministros inoperantes, que encima tenemos que luchar contra la lacra de la corrupción. Aún peor, en medio de la corrupción salta a la luz la evidencia de una manera de hacer política que, si no es toda, sí presenta un lado oculto, mucho más oscuro y lleno de cráteres de lo que podrían pensar las mentes más pesimistas o las más retorcidas.

Vamos de mal en peor en todas las materias, desde el paro a la corrupción. ¿Cómo podíamos evitar llegar hasta aquí si no sospechábamos siquera el abismo que separa unas prácticas políticas de juego sucio de la cara que presentan algunos de los políticos más relevantes? Digo cara en todos sentidos, porque si antes disimulaban una parte de su estúpida manera de burlarse del interés general en vez de estar a su servicio, ahora se exhiben como sinvergüenzas.

NOS ENFRENTAMOS una vez más a la España negra, la que va de Quevedo y el Goya más tenebroso a la que retrataban los modernistas del siglo XIX, la que pretendían regenerar los del 98 y sus sucesores. Los oráculos cáusticos de Valle-Inclán responden a una realidad que se nos presenta más cruel porque, a diferencia de aquellas épocas, ignorábamos que existiera o que llegara hasta tal punto. La ciudadanía del siglo XXI, que se veía a sí misma como curada de espantos, que se había distanciado con escepticismo del poder antes de la crisis, se encuentra estupefacta, en estado de conmoción, sin capacidad de reacción.

Y falta mucho por ver. No basta con los innumerables escándalos que, día tras día, ocupan las portadas de diarios e informativos. Seguro que esto no ha terminado. Si no quieres caldo, un caldo espeso, maloliente y repodrido, una sucesión de tazas. Caldo a cubos vertido desde los balcones de los corruptos que se espían. ¿Qué más nos espera?

¿Tardaremos mucho en escuchar el contenido de las cintas que graban la conversación entre una dirigente política desprovista del más mínimo escrúpulo y una mujer que le informa por despecho de lo que sabe o de lo que tal vez añade? ¿Tardaremos mucho en escuchar las demás conversaciones que revelen los chanchullos, hasta ahora ocultos, de un número indeterminado pero nada despreciable de dirigentes políticos?

A todo esto y mucho más tenemos que enfrentarnos. ¿Con qué armas? No con las de la incredulidad, porque el estado de ánimo colectivo induce a creer que todo es cierto, que todo y más es cierto. La parte de injusticia que pueda haber en la predisposición a creérselo todo es como las pequeñas impurezas del metal. En una riada, todo baja. Los sarcasmos de la ciudadanía por las bufonadas de sainete que se mezclan con la corrupción no son ningún consuelo, y menos aún un antídoto. ¿Con qué armas, si como ciudadanos estamos desarmados? ¿Con qué armas? ¿Dónde están los honestos servidores públicos de repuesto a los que confiar el poder en vez de los corruptos, los espías y los que están a sus órdenes?

¿Cuánta gente debería dimitir? Mucha. ¿Cuánta gente acabará dimitiendo? Una o ninguna. ¿Cuánta gente debería avergonzarse de haber practicado unas conductas del todo reprobables o de haberlas conocido y no haber reaccionado? Si no todos, sí la mayoría. El escepticismo lleva a pasar por alto las preguntas finales de esta serie: ¿cuánta gente será condenada? ¿Cuánta gente encarcelada?

Cualquier reacción popular es insuficiente, y cuidado con que no sea contraproducente. Situaciones como la que vivimos son propicias a la desestabilización que puede abocar a un régimen mucho más autoritario. Cuidado, que en España hay mucho fascismo canalla carnavalescamente disfrazado de democrático. Muchos de los que más se escandalizan son todavía de peor calaña.

ESTA ESPAÑA no se parece nada a la que queríamos. Esta Catalunya, tampoco. Pero hay una diferencia: esta Catalunya la podremos enderezar; esta España, no. La extensión del daño es la misma, o muy similar. Pero pervive un hecho diferencial catalán. La mayoría de la sociedad catalana no se lo traga, no lo tolera, quiere otra Catalunya, desea recuperar, si no el orgullo, que sería obra de titanes, sí al menos una cierta decencia colectiva. Suponiendo que también quieran solucionarlo en España, los medios de comunicación no se alían con la sociedad. Aquí sí. Esta es la gran diferencia, la diferencia fundamental entre Catalunya y Madrid.