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La lucha contra la corrupción

Democracia económica

Joan Herrera

La cuestión está en saber si basta con 'limpiar' o entendemos que hay que darle la vuelta a todo

Caso Bárcenas, Palau, ITV, Mercuri y una amnistía fiscal, el país de Europa con más billetes de 500 en circulación y altos porcentajes de fraude fiscal. Un país con corruptos y corruptores. Un país con pocos debates de fondo sobre temas que nos afectan. Con una economía que en temas estratégicos ha decidido en función de los intereses de muy pocos y no del interés general.

Este modelo se fundamenta en una premisa: la incapacidad de generar debates y consensos que nos permitan decidir qué sociedad queremos y a la vez que limiten el poder de algunos sectores. No es casual que el país con mayor dependencia energética de toda Europa sea incapaz de hacer un debate serio e independiente sobre el modelo energético. De la misma manera que el debate sobre la legislación hipotecaria ha emergido después de demasiado sufrimiento y de una contundente respuesta social. No es razonable que este país haya hecho, y continúe haciendo, kilómetros de AVE cuando los trenes que circulan a 220 por hora cuestan un tercio. Pero si lo que es razonable no se impone es porque hay quien gana mucho para la toma de decisiones equivocadas y tiene capacidad de influencia en función de si hay debates que se encaran de una manera o de otra.

Philip Petit decía que el Estado tiene el poder de evitar que los fuertes tomen como súbditos a los débiles. Y los casos de corrupción que conocemos evidencian que los fuertes toman como súbditos a los débiles comprando la voluntad de los intermediarios.

La cuestión es si basta con limpiar sin entender que son necesarias medidas estructurales que le den la vuelta a todo, planteando un nuevo contrato social y democrático. No basta con el tópico del «no todos son iguales», o caer en el derrotismo del «todo está podrido, no hay nada que hacer». Tampoco vale el confortable «nosotros ya lo dijimos», porque es cierto que muchas iniciativas han sido rechazadas y silenciadas, pero ahora se trata de salir a la ofensiva y plantear propuestas y abrir un nuevo tiempo.

Para evitar la corrupción necesitamos algo muy básico: una sociedad que se articule en torno a un nuevo contrato social y democrático con una democracia representativa, al que sumemos elementos de democracia participativa y deliberativa y que permita añadir decisión y control de la ciudadanía sobre las decisiones cotidianas, haciendo que la representación no sea monopolio de los partidos políticos.

Queremos darle la vuelta a un modelo de economía nada democrático que dio a una gran parte de la ciudadanía el acceso a un consumo alejado de la condición de ciudadanos, siendo sujetos de consumo y económicos a cambio de renunciar a ideas como justicia, solidaridad o compartir. Se aceptó el discurso del «no hay alternativa» y se aceptó porque se creía que ya nos iba bien a pesar de haber corrompido los fundamentos de la democracia, es decir, la misma existencia de alternativas. Ahora, pocos años después, el discurso corruptor del «no hay alternativa» se mantiene, pero en el marco de una gran derrota y de una gran estafa, y quizá por eso se convierte en insostenible.

Necesitamos abrir un proceso constituyente que afecte a todo, al modelo político y al modelo empresarial, con apuestas claras para modelos de economía social que busquen el bien común y no solo el interés privado. Con modificaciones fiscales que potencien un modelo de empresa y penalicen otro. Haciendo que los corruptos no puedan continuar en política, y que los corruptores no puedan ser contratados ni operar con la Administración sacando provecho de un modelo de capitalismo corporativo. Queremos ganar una sociedad que tenga instrumentos, entre ellos el de un periodismo con capacidad, profesionalidad e independencia para denunciar. Queremos modelos de financiación de los partidos que entiendan que la eliminación o la reducción drástica de los recursos públicos puede salir muy cara, y que a la vez avancen hacia un modelo de control absoluto, sin dejar resquicios para la financiación privada que termina viciando y comprando la voluntad de los partidos.

Hay quien cree que con una política llena de gestos y sin contenidos será suficiente, pero por suerte con esto ya no es suficiente. Hoy, nuevas maneras de consumir, la banca ética o la transparencia total en las agendas públicas son ejemplos de otra manera de actuar. Y lo que necesitamos es democracia económica.

En los años 30, Karl Polanyi avisó de que era necesario garantizar que prevaleciera lo que era político por encima de lo económico para evitar el fascismo. Es hora de abrir un nuevo tiempo y de no caer en el reduccionismo de una simple transición nacional. La transición, el escenario constituyente o es también democrático, económico y social o no será.