14 ago 2020

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LOS EFECTOS SOCIALES DE LA CRISIS

Xenofobia políticamente correcta

Andreu Farràs

"No se trata de falta de sentido del humor considerar la chirigota de Úbeda un claro atentado de enaltecimiento del odio contra un determinado colectivo"

A pesar del alud de malas noticias sobre este país que inundan a diario los medios de comunicación hay un fenómeno del que, por fortuna, no se cuentan novedades, aunque muchos manuales de historia, sociología y ciencia política lo podrían hacer temer: un aumento de incidentes xenófobos a causa de la crisis y de la creciente competencia social por los menguados servicios públicos y los cada vez más contados puestos de trabajo.

Es escasísima la implantación de grupúsculos de extrema derecha que se ceban a base de culpar a los inmigrantes de los problemas económicos de toda índole que sufre la población autóctona a causa de la recesión. La excepción casi única a esta realidad se circunscribe a una organización originaria de Vic, acaudillada por un exmilitante de Fuerza Nueva y que en las últimas elecciones catalanas ha fracasado con estrépito.

Se podría decir, por tanto, que, al menos en eso, los ciudadanos de Catalunya --y de España-- pueden enorgullecerse de carecer de bolsas amplias de votantes que han caído en la tentación ultraderechista en la que sí han sucumbido con anterioridad considerables capas de población de otros países europeos más avanzados económica y culturalmente. El lepenismo en Francia podría ser la quintaesencia de este 'odio al diferente', que cuenta con réplicas pujantes en otros países, desde el Amanecer Dorado de Grecia a los posnazismos escandinavos, holandeses y eslavos. Siguen siendo partidos minoritarios, pero con una representación parlamentaria que aquí no tienen. ¿Por qué? La respuesta está quizá en esta otra pregunta: ¿Por qué el Partido Popular, que ocupa con autoridad indiscutible el centro de la escena política española, no deja crecer a ningún partido más a su derecha y, en cambio, sus homólogos del resto de Europa lidian --y en algún caso cogobiernan-- con fuerzas ultras en sus respectivos parlamentos?

Una posible respuesta a esta pregunta podría ser facilmente deducible: porque la política del PP satisface a los electores situados en la extrema derecha ibérica. Otra pregunta: ¿Y por qué no hay xenofobia en España, siendo como es el país que ha absorbido un mayor porcentaje de inmigrantes en menos años y ahora encabeza con mucha ventaja la mayor tasa de desempleo de la UE? ¿Es España el único país europeo que no cuenta con ningún partido ni medio de comunicación que culpe al exceso de inmigrantes de parte de los graves problemas económicos que sufre la ciudadanía? En efecto, en España no hay xenofobia política ni electoral ni mediática, si consideramos la xenofobia como la describe el 'Diccionario de la Lengua Española': “Odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros”. Eso es innegable. Pero no podría afirmarse lo mismo si este “odio, repugnancia u hostilidad” no se dirigiera hacia los “extranjeros”, considerados estos como no españoles, sino contra los integrantes de una determinada comunidad, por ejemplo, la autonomía catalana.

La voz de la conciencia, una comparsa de Úbeda (Jaén), ha estrenado recientemente una cantinela inconfundiblemente anticatalana, que ha recorrido con relativo éxito las redes sociales. Con sus miembros disfrazados de Pepito Grillo, la comparsa interpreta una pieza que, entre otras lindezas, dice de los catalanes: “Manzana podrida”. “Si se quieren ir, que hagan las maletas que al fin se vayan”. “No los quiero aquí, porque a Catalunya no la siento hermana”. “Ya no aguanto más sus mofas y burlas hacia nuestro Estado”. “Pisotean la Constitución cuando reniegan del español siendo su lengua el castellano”. “No quiero ya beber sus babas ni pagar a sus 'mozos de escuadra'”. “No quiero costear ya más a su Generalitat”. “No soporto ni su altanería ni esa palabrería con insultos y desprecios hacia Andalucía”. “Me da pena que una tierra tan bella llena esté de gente tan rastrera que se empeña en escupir sobre su propio país”. Y “siempre que pisé su suelo, los catalanes me hicieron sentirme extranjero”.

No creo que se trate de falta de sentido del humor considerar esta chirigota un claro atentado de enaltecimiento del odio contra un determinado colectivo. En la canción no hay ironía ni sarcasmo ni burla ni gracia ni cachondeo; hay mala uva. Si asalta alguna duda, basta con cambiar los términos 'Catalunya' y 'catalanes' por los de cualquier otro colectivo étnico, nacional o religioso y sus integrantes --Islam y musulmanes; China y chinos; Israel y judíos; Marruecos y marroquís-- y sentarse a esperar cuáles serían las reacciones de los partidos representados en las Cortes. Pero no ha habido ni probablemente habrá reacciones parlamentarias contra esta barbaridad --quizá una nimiedad si se compara con lo que disparan cada día algunos medios de Madrid--, porque, en España, ciertamente, no hay racismo ni xenofobia. Pero sí, y cada vez más, catalanofobia, que, como puede comprobarse, no deja de ser una variante políticamente correcta de la xenofobia hispana.