14 ago 2020

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EL FUTURO DEL AUTOGOBIERNO

Catalunya puede ser Estado, ¿pero quiere?

Carlos Macian

¿Quién querría un Estado tan pequeño? Pues quien necesite un cambio radical y rápido.

Catalunya es pequeña. ¿Quién querría un Estado tan pequeño, con tan poco peso específico a nivel mundial? Pues quien necesite un cambio radical, y rápido. Este es, para mí, el factor determinante para dilucidar el valor del tamaño en un nuevo Estado europeo: la posibilidad de llevar a la práctica decisiones drásticas a nivel socioeconómico, o de tomar decisiones que tengan un impacto drástico a nivel socioeconómico. El ejemplo que tengo en la cabeza es Finlandia en los años 90. Un país que vivía de exportar pasta de papel y del comercio con la URSS va y resulta que se convierte en líder mundial de la telefonía móvil gracias a Nokia y eso la catapulta a la cabeza del desarrollo mundial y altera radicalmente la estructura económica de todo el país. Algo así solo es posible en un Estado pequeño.

La escalera a Europa: ¿subimos o bajamos? Se puede argumentar, naturalmente, que semejante dependencia o fragilidad no son buenas, y que una decisión equivocada puede provocar el hundimiento del país; pero en los presentes momentos de crisis que se viven en Europa y en particular en España, y con un modelo económico basado en la construcción y el turismo, ¿alguien realmente vería con malos ojos un cambio de rumbo radical?

Y ahí está la gracia de un Estado pequeño: que ese giro radical se puede impulsar desde el estamento público e implementarse desde el privado porque, como en el caso finlandés, la inercia es mucho menor y el impacto mucho mayor.

En resumen, que la única gran desventaja de un Estado pequeño en el contexto europeo (insisto, no sería lo mismo si Catalunya estuviese situada en Oriente Medio, pero eso requerirá unos cuantos millones de años más de deriva de los continentes) es la dificultad de acometer grandes inversiones públicas y mantener una red social a la altura de lo que los ciudadanos desearían, pero esto se ve atemperado en el caso de un Estado rico.

Así que la pregunta es: ¿sería Catalunya un Estado (suficientemente) rico como para compensar su pequeño tamaño? ¿Sería capaz de aprovechar esa riqueza y ese tamaño para dar un giro radical a su modelo productivo? Digamos que parece más factible en el caso catalán que en el español, pero ciertamente nada garantiza que se produzca. Es más, me atrevo a pronosticar que un cambio radical de modelo productivo, incluyendo una audaz apuesta política (que podría salir mal y dejar a los que la tomen desposeídos de butaca de por vida) viene a estar tan arriba de la agenda política actual como, digamos, vender a Messi en la agenda del Barça. O menos, si cabe.

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