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La fiscalidad en Europa

Hollande y los indignados de oro

Carlos Carnicero Urabayen

Depardieu huye de una promesa electoral del presidente que es más simbólica que recaudatoria

Como hace más de dos siglos, los privilegiados huyen de las calles de París porque se sienten acosados. El influyente empresario Bernard Arnault, dueño de marcas como Louis Vuitton y Christian Dior, se ha exiliado a la vecina Bélgica. El mítico actor Gérard Depardieu ha ido más lejos y pasea orgulloso su flamante pasaporte ruso, harto de que en Francia «se deteste la riqueza». Otros poderosos hacen las maletas. Se sienten perseguidos por el fisco. Hollande no es Robespierre, pero ganó las elecciones con la promesa de que subiría los impuestos a los más ricos y ahora sufre su desafección.

DESDE QUE Zapatero aseguró que bajar impuestos es de izquierdas ha llovido mucho para la familia socialdemócrata europea. La Tercera Vía resultó un fiasco. El estallido de la crisis dejó al descubierto su mortal idilio con el pensamiento económico liberal. La ausencia de una genuina política económica y tributaria progresista ha ido expulsando a los socialdemócratas de los gobiernos europeos. Ante la opción de recortar o recortar con cara amable, los electores se inclinan por la derecha o por formaciones emergentes, muchas veces populistas. Presentar una alternativa a nivel nacional en la tormenta del euro es bien complicado.

Con la lección aprendida, Hollande ganó las presidenciales gracias a un programa electoral de corte socialdemócrata tradicional, bajo la promesa de repartir los costes de la crisis. Desde el Gobierno trata ahora de aprobar medidas siguiendo tres ejes: los ricos pagan pocos impuestos en relación a los que pagan los trabajadores; la reducción del déficit público debe llevarse a cabo priorizando la vía fiscal sobre el recorte de gasto; no se debe perder de vista la necesidad de imponer duras medidas contra el mundo financiero por su culpabilidad en la actual crisis, pero sobre todo por los peligros que genera incontrolado.

Como casi siempre, el papel electoral es más agradecido que el boletín oficial de la República. Nadie puede decir que, más allá de algunos errores de coordinación en su Gobierno y de su marcha atrás en la negativa a ratificar el Pacto Fiscal Europeo, Hollande no esté cumpliendo con lo que prometió. Al menos en casa. Y, sin embargo, de manera prematura tiene unos índices de popularidad bajísimos (alrededor del 35%).

¿Por qué tanto rechazo si Hollande cumple? Seamos claros. A nadie le gusta que le suban los impuestos, aunque al vecino que gana más se los suban el doble. Al menos en un país como Francia. Como ha recordado el periodista francés Jean-Marie Colombiani, Mitterrand aseguraba que los franceses tienen la sensación de que les suben los impuestos incluso cuando se los bajan.

Pero precisamente la medida estrella que durante la campaña dio mayor ventaja a Hollande frente a Sarkozy es la que más irrita a estos nuevos indignados de oro. Se trata de una tasa, suspendida provisionalmente por el Tribunal Constitucional y que Hollande promete reanimar en otoño, para gravar con el 75% el tramo de renta que supere el millón de euros anuales. ¿Justicia o populismo?

Los detractores de este tipo de medidas siempre dicen lo mismo: son medidas confiscatorias y su potencial recaudador es limitado. En eso tienen razón. La tasa prevé recaudar unos cientos de millones de euros y solo la sufrirán unas 1.500 personas. Es decir, no contribuye sustancialmente a solucionar el problema del déficit. Pero su objetivo no es esencialmente recaudatorio.

EN UN MOMENTO en que la crisis obliga a los gobiernos a tomar medidas excepcionales que sufre el 99% de la población, parece razonable aplicar también políticas redistributivas para las superélites económicas. Medidas simbólicas de este tipo -que desde luego deben ir acompañadas de otras de carácter social- lanzan un mensaje que ayuda a legitimar el sistema. El exilio fiscal revela también dos lecciones nada nuevas. Primero, en esta Europa a la deriva no hace falta viajar miles de kilómetros para evadir impuestos. Basta con hacerlo a los países vecinos. Quizá los celos de los gobiernos a ceder soberanía terminen algo tarde, cuando ya no les quede mucho para ceder. Segundo, no hay un proyecto de izquierdas genuinamente transformador sin una articulación a nivel europeo.

Las probabilidades de que Hollande no termine de desinflar la esperanza en el oasis progresista francés radican en buena medida en que el país levante el vuelo económico. Casi ningún líder sobrevive con dignidad en este incendio. Merkel es una excepción precisamente por sus buenos datos económicos. El éxito de Hollande dependerá también de que sea capaz de cambiar la orientación política de una Europa que testarudamente sigue unas recetas económicas que le van quitando el oxígeno. La partida de casa se juega en Europa. Politólogo. Master Relaciones Internacionales de la UE, London School of Economics.