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Dos miradas

Cuento inocente

EMMA RIVEROLA

En el museo de los niños con miedo siempre se abren salas nuevas. Las hay antiguas, con las láminas ya amarillentas, los bordes deshilachados y los colores atenuados por el paso del tiempo. Algunas son enormes, con metros y metros de paredes atestadas de dibujos de trazos gruesos y emborronados. Son las estancias reservadas a las grandes guerras o a los países siempre envueltos en la doliente y pegajosa niebla de la violencia. Sus dibujos, aunque fueran creados en momentos y lugares muy dispares, hablan el mismo idioma llamando a mamá. Basta con aguzar el oído para oír miles y miles de gritos angustiados. Los muros del museo parecen la obra de un hechicero loco. Tan pronto topamos con una sólida pared lisa como, de repente, esta se resquebraja y aparece una sala nueva. Inesperada. Imprevisible. Siempre triste. Una sala que nunca debería de haberse habilitado. Adentrarse en una de esas estancias no es fácil. Huelen a inocencia traicionada. A palabras abominables que los niños no deberían ni oír, ni aprender. A dolor de barriga, llantos sin razón y pesadillas nocturnas. Hoy mismo se ha descubierto otra sala. Y en sus láminas aparecen habitaciones sin techos ni paredes, platos sin comida y niños sin infancia. En cuatro garabatos, unas siluetas más grandes pintadas con lápiz negro: unos padres temerosos de convertirse en ausencias.

«Notarás una ausencia, de repente, creciendo a tu lado, como un árbol». Sylvia Plath.

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