BUCÓLICOS ANÓNIMOS

Noche en la ópera

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Paseantes en la Rambla, anoche.

Paseantes en la Rambla, anoche. / FRANCESC CASALS

Hubo un tiempo en el que los anarquistas y otros progres de la transición se acercaban a las puertas del Gran Teatre del Liceu a tirar monedas de dos reales, esas joyas de la numismática que llevaban un agujerito en el centro para ser transportadas con un cordel. Las víctimas de esas inesperadas limosnas eran las clases pudientes de Barcelona. El Liceu fue nuestra fiesta de las vanidades y uno de esos lugares en los que no es tan importante ir como haber ido. Los anarcos se fueron a su casa, ardió el Liceu una vez más y en esas llegó la crisis: amenazas de algún ERE, el 21% de IVA y una reducción angustiante de las subvenciones de las administraciones.Wagnerllegó hace poco al Liceu sin escenografía y con la voz prodigiosa de sus intérpretes de pie frente a la platea. Eso era ahorro. Pero anteayer se estrenaba unVerdi famoso:La forza del destino, una tragedia romántica basada enDon Álvaro y la fuerza del sinodelduque de Rivas. Cuentan que el propioVerdi se lamentaba de haber compuesto una ópera con el escenario demasiado lleno de cadáveres. El destino, sin duda, es morir. Pero el Liceu sigue vivo, como una pecera de peces de colores. Ahí estaban caminando por el patio de butacasMacià Alavedra, como un tribuno romano del Pretorio salvado del leónGarzón. O el taciturnoAntoni Castells, eseconsellerque anteayer iba por la platea inventando caminos en el claustro del PSC. En estos momentos hay dos tipos de conversaciones. La del político solitario al que las urnas o los jóvenes han dejado aparcado en el limbo o la del ciudadano común que busca en la supuesta lucidez periodística las claves de una eventual independencia. Los primeros imploran presencia: «Llámame un día de estos y hablamos». A los segundos les basta con conseguir un interlocutor que les sirva de frontón para hacer rebotar sus enormes dudas.

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Ya en la calle unos cuantos coches oficiales se llevaban a las autoridades de la política o del dinero hacia resopones de la parte alta de la ciudad, porque es evidente que la Rambla nocturna se está convirtiendo en una avenida tan poco animada como lo son las calles principales de las ciudades francesas. «La cocina cierra a las once», dicen. Pero siempre queda el recurso de tomarse un helado entre las multitudes de turistas que creyeron en una ciudad donde nunca se duerme. Ni siquiera Canaletes acogía anteayer a barcelonistas para festejar la derrota del Benfica.

El destino ya no nos cae encima, sino que hay que luchar por él. Algunos indigentes se acercan a los hambrientos liceístas. Un hombre sentado en cuclillas en el cruce con Pelai luce un cartel preclaro: «No les voy a engañar. Pido para beber». Tanta sinceridad merece la solidaridad monetaria de todos los dipsómanos de la ciudad. Las pequeñas tragedias continúan después queVerdi haya bajado el telón. El destino ya no exhibe fortaleza sino debilidad. Al fin y al cabo en nuestra ceguera nos importa más el consuelo del presente que la apuesta por un futuro incierto. Los liceístas se despiden. «Nos vemos en noviembre conL'elisir d'amore». Yo también pido para beber el dichoso elixir deDonizetti. El telón del Liceu es la gran cortina que salva a unos pocos de la tragedia económica de tantos.