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El turno

Rajoy y el secuestro de la política

Enric Marín

Los políticos comunican tanto o más con la expresión facial o corporal que con los discursos. Particularmente, cuando la retórica discursiva se construye con lugares comunes y circunloquios técnicos insignificantes. Tenemos una muestra reciente muy ilustrativa: el más relevante de la comparecencia parlamentaria de Rajoy no fue el contenido, previsible. Lo más significativo de la intervención fue la mirada perdida y una gestualidad torpemente impostada para transmitir una convicción escasa. El presidente del Gobierno estaba oficiando la liturgia de la dimisión de la política. Era como un títere que recita un guión impuesto. Un guión que choca frontalmente con las pocas cosas concretas con las que se comprometió mientras estaba en la oposición o durante la campaña electoral que lo catapultó con fuerza a la presidencia. Sin la irrupción surrealista de la diputada popular Andrea Fabra, la comparecencia parlamentaria de Rajoy ya tenía un aire de patetismo bastante insólito.

Hay que deducir que Rajoy lo tiene crudo para agotar legislatura. No necesariamente. En primer lugar, porque la oposición está desdibujada. Pero también porque el PP y UPD son los dos partidos que mejor interpretan y encarnan el nacionalismo español hegemónico. La subordinación de la política española al dictado de Merkel, Draghi y el FMI provoca una reacción defensiva del patriotismo español que ha encontrado un perfecto chivo expiatorio en las autonomías. Denunciando supuestos excesos y llevando al límite las exigencias de reducción del déficit autonómico se consiguen dos objetivos de forma simultánea: laminar severamente las políticas sociales y avanzar hacia una rápida y enérgica recentralización del estado. Secuestrado el debate económico, político y cultural, este parece ser el reducto en el que, por ahora, se mueve la política española.

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