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El turno

Antorchas olímpicas en venta

GABRIEL PERNAU

En mi despacho luce la antorcha que hace 20 años me dieron -previo pago de 15.000 pesetas -por haber sido portador de la llama de los Juegos de Barcelona-92. Mi momento de gloria olímpica fue el 18 de junio de 1992 entre las localidades de Berga y Bagà, corriendo carretera arriba en dirección al túnel del Cadí. Unas semanas más tarde, llevé el fuego olímpico por segunda vez. La oportunidad surgió en Andalucía, en la provincia de Almería, de forma imprevista. Estaba siguiendo el recorrido de la llama por toda España como periodista y ese día subí al autocar de los relevistas para poder hablar con ellos. Enseguida me di cuenta de que algo iba mal. Los corredores estaban acabando y el vehículo que trasladaba a los corredores de refresco no llegaba. ¿Qué hacemos?, se preguntaban, inquietos, los responsables de la caravana. Y yo, que los oí, me ofrecí de portador. De acuerdo, me dijeron. Pero no te podrás quedar la antorcha, no te daremos el equipamiento -todos los corredores tenían derecho- y no lo podrás decir a nadie. Y así fue como me convertí en la única persona, que yo sepa, que llevó la llama de los Juegos de Barcelona dos veces.

La antorcha que desde hace años me acompaña en mis horas de trabajo ha cobrado nueva actualidad ahora que el fuego que iluminará Londres se acerca a su destino final. He visto que en internet se pueden comprar antorchas de Barcelona-92 de ocasión. Los vendedores piden cantidades que oscilan entre los 1.000 y los 6.000 euros y, según los anuncios, muchos se desprenden por necesidades económicas. El fuego olímpico nos muestra dónde estábamos y dónde estamos, las ilusiones y la confianza en el futuro que teníamos hace 20 años y el cruce dónde nos encontramos ahora. La venta del simbólico objeto que un día llevaron orgullosos seguramente servirá a algunos excorredores para pagar una letra del banco o llegar a final de mes.