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El turno

La crisis como coartada

Enric Marín

Estos días el Síndic de Greuges ha sido objeto de una campaña de difamación digna de comentario. No especialmente por el relato informativo. Se trata de una muestra paradigmática de periodismo sectario. Una construcción periodística hecha a partir de medias verdades -las mentiras más peligrosas-, falsedades, insinuaciones no contrastadas e interpretaciones cargadas de intención política. Pero la distancia entre la realidad de la institución y la imagen grotescamente deformada construida por un rotativo madrileño es tan abismal que no vale la pena dedicar tiempo a debatir sobre los hechos. Lo que me interesa destacar es la campaña de difamación como síntoma de una voluntad reiteradamente manifestada de erosión institucional del autogobierno catalán.

Catalunya es un país institucionalmente frágil. Las razones y las responsabilidades son de orden interno y externo. Sobre las debilidades internas basta con pensar que aún no tenemos ley electoral propia. Y sobre las dificultades externas no hay más que recordar el frustrante calvario del proceso de la reforma del Estatut con desenlace kafkiano en el Tribunal Constitucional. Ya hace años que dura la campaña sistemática contra la inmersión lingüística como forma de agrietar la unidad civil catalana. Y ahora, el contexto de crisis económica por el que penosamente transitamos parece haberse convertido en la mejor coartada para recortar derechos sociales, impulsar políticas recentralizadoras o cuestionar instituciones como el Consell de l'Audiovisual o la Sindicatura de Greuges.

Catalunya necesita proyección exterior institucional. Ahora más que nunca. Por eso el único pecado de Rafael Ribó es su tarea internacional: la intensa actividad derivada de su condición de presidente de la junta directiva europea del Instituto Internacional del Ombudsman desde junio del 2009.

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