13 jul 2020

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Una obra que supuso un antes y un después

50 años de 'Nosaltres, els valencians'

TONI MOLLÀ

Joan Fuster trató de fustigar los viejos tópicos del conservadurismo local en su libro paradigmático

Joan Fuster (1922-1992) publicó en 1962 el libro Nosaltres, els valencians, la guía El País Valenciano y el panfleto Qüestió de noms. El primero de ellos, un libro de encargo, inauguró, precisamente, Edicions 62 con motivo del día de Sant Jordi. 50 años después, la obra fusteriana, vista en conjunto, representa el único paradigma de referencia para interpretar el País Valenciano como objeto de estudio. No es casual, en este sentido, que Ernest Lluch señalara que Nosaltres, els valencians separa nuestra historia de nuestra prehistoria. Historiadores, sociólogos, economistas y literatos de divisa plural le son -le somos- deudores en mayor o menor grado. Sin Nosaltres, els valencians no se explican tampoco los modelos de país que emergieron durante el tardofranquismo y el advenimiento de la democracia. Joan Fuster, con Josep Pla, la mejor prosa no narrativa de la lengua catalana, no entendió nunca el «oficio de escribir» como un fin en sí mismo. De hecho, abandonó la poesía por el ensayo por razones de «estricta intervención pública».

La literatura fue para él una manera de proponer y de discutir argumentos a partir de la subjetividad radical, ácida y provocativa que había bebido de Michel de Montaigne -autor en el que busca su referente más sólido-, en Erasmo de Rotterdam, Voltaire, Denis Diderot, Bertrand Russell o Antonio Gramsci, entre un variopinto abanico de cultivadores de lo que él mismo bautizó como «literatura de ideas».

Nosaltres, els valencians, en el contexto sociocultural de los años 60, fue una incitación intelectual a pensar el país como tal y una llamada a la movilización de recursos y voluntades. Al fin y al cabo, la grandeza intelectual no radica solamente en aquello que se expresa sino, también, en lo que sugiere y en lo que es capaz de movilizar. Desde este punto de vista, Joan Fuster ha sido el intelectual más influyente del siglo XX. Tras su escepticismo militante y un racionalismo afrancesado, en su obra subyace una creencia tenaz en las posibilidades de la actividad intelectual como motor de la acción sociocultural y política. Sus contribuciones ensayísticas y su sentido de la honradez intelectual lo impulsaron, a veces a su pesar, a convertirse en el prototipo del intelectual comprometido a la manera de los moralistas franceses o de los liberales británicos que tanto admiraba.

Siempre matizado por un sano escepticismo, sin ninguna pretensión de absoluto. «Todas mis convicciones son provisionales, pero que conste que no lo digo con orgullo» y «convicciones hay que tenerlas, pero pocas» son dos de sus aforismos más citados. Un estilo sentencioso y directo, aliñado con dosis de humor, completa una voluntad literaria al servicio de la eficacia comunicativa y la orientación didáctica consustancial al ensayo literario y al periodismo de opinión, que fueron sus géneros más frecuentados. Sus lúcidas y arriesgadas propuestas en pleno franquismo y su compromiso con la modernización intelectual del país lo elevaron, con enfermiza frecuencia, a categoría de chivo expiatorio de las frustraciones colectivas de los sectores más inmovilistas. Ya en los años 60, el franquismo local aplicó a Joan Fuster aquella sentencia que Mussolini lanzó sobre Gramsci: «Se trata de un cerebro que hay que paralizar». Y lo intentaron, hasta con bombas. «Todos somos judíos con respecto a otro», le gustaba repetir parafraseando a Jean-Paul Sartre. A pesar de ello, como él mismo declaraba, su obra de temática cívico-política, como el mismo Nosaltres, els valencians, quizá «haya sido más discutida que leída». «Son libros que hacían falta y que alguien tenía que escribir. Son libros que, a mí, entonces, me hubiera gustado leer, no escribir. Pero los escribí yo y continúo manteniendo su contenido», insistía orgulloso poco antes de morir.

Esta función instigadora de conciencias y voluntades ha provocado que, en algunos ambientes, Joan Fuster sea conocido, gracias a un interesado malentendido, solo como el ideólogo del nacionalismo local. Más allá del prejuicio reduccionista, el objetivo de Nosaltres, els valencians es, en primer lugar, la impugnación de los viejos tópicos y las atávicas interpretaciones sobre el país típicas del conservadurismo indígena.

A pesar también de lo que afirmen los apóstatas profesionales, Joan Fuster fue un sólido intelectual para quien la heterodoxia era una norma de comportamiento obligatorio. Una lectura fusteriana sin prejuicios exige, además, interpretar a Joan Fuster al margen del movimiento que tan gráficamente bautizó el sociólogo Rafael-Lluís Ninyoles como el «fusterianismo nacional», del cual Fuster, como tantas otras cosas que se le imputan, es inocente. 50 años después, nuestro homenaje sería la relectura atenta y crítica, racional y reflexiva de esta trilogía seminal para la producción literaria valenciana posterior. A pesar del paso del tiempo, leer a Joan Fuster es todavía un «desinfectante», como para él lo era leer a Bertrand Russell. Su lectura continúa siendo una convocatoria ilustrada. Releámoslo y discutámoslo. Pero, sobre todo, no lo inventemos. Periodista.