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La crisis y la izquierda

Hollande, ¿un faro en las tinieblas?

Carlos Carnicero Urabayen

El candidato francés puede liderar la respuesta socialdemócrata europea al proyecto de 'Merkozy'

Hubo una vez una Internacional Socialista influyente en la política mundial. ¿Quién se acuerda de eso? Evidentemente, François Hollande tiene memoria. Recientemente ha suscrito un pacto que incorpora (de momento) a los líderes progresistas de Alemania, Sigmar Gabriel, y de Italia, Pier Luigi Bersani, para coordinarse a nivel europeo. La idea es sencilla, aunque novedosa: un bloque con los socialdemócratas que forman parte de los países más fuertes de la zona euro para poner freno a la Europa de Merkozy.

Inmediatamente después del estallido de la crisis financiera -dibujada por la caída de Lehman Brothers- hubo un atisbo de reacción para reprender a los pirómanos financieros. El economista Joseph Stiglitz sugirió que presenciábamos la caída del muro de Berlín del capitalismo. Pero todo fue un espejismo, quizá porque no ha habido un contrapeso socialdemócrata. La Europa progresista, arrastrada en la resaca de la Tercera Vía, no supo reaccionar.

LAS RECETAS anticrisis de Merkozy son las que la historia económica ha dado como fallidas. En la película Margin Call, Jeremy Irons, en el papel de capo de Lehman Brothers, las enumera empezando por el siglo XVIII. En síntesis, solo el New Deal de Franklin D. Roosevelt desoyó las recetas de ajuste y apostó por la expansión. No fue mal.

En esta crisis, la izquierda no aprovechó el fracaso de la economía especulativa para rearmar su ideario y la derecha tomó ventaja. Sorprendentemente, Nicolas Sarkozy abanderó la defensa de la tasa Tobin en el 2009 mientras líderes socialdemócratas miraban de perfil. Después, los decrecientes gobiernos progresistas quedaron presos de sus públicos locales ante sus dificultades económicas y olvidaron coordinarse a nivel europeo. Jugando por separado en las ligas nacionales, entregaron la Champions a la derecha europea.

La Europa conservadora empuja al continente a la recesión sin atisbo de esperanza. Una percepción cada vez más asentada y que puede beneficiar a Hollande. Sarkozy dice que se siente como el capitán de un barco, obligado a permanecer en el puente de mando. Pero esa es precisamente su debilidad como comparsa de Angela Merkel. De hecho, Sarkozy es más bien percibido por el orgulloso pueblo francés como el oficial de cubierta de la cancillera.

Frente a un Sarkozy desbocadamente populista, que amenaza con suspender Schengen, el candidato socialista ha tomado nota de los errores cometidos por sus colegas socialdemócratas. La reunión en París del pasado sábado, junto con otros líderes socialdemócratas europeos, ha dado buena cuenta de la esperanza que tienen depositada en Hollande los progresistas, pero sobre todo es una buena señal por el hecho de que el líder socialista sabe que deberá coordinarse con los progresistas europeos para poder frenar la revolución conservadora que rodea a Europa.

Hollande propone una agenda alternativa para Europa: eurobonos y matización de la austeridad a favor de políticas más expansivas. Asimismo, inaugura una nueva era de coraje al comprometerse a subir los impuestos hasta un diferencial del 75% a las rentas de más de un millón de euros. No hay nada malo en ganar dinero, asegura, pero lo que está mal es que los que ganan mucho paguen menos impuestos que los más humildes.

Por otro lado, es consciente de las limitaciones. Se ha abstenido de prometer subir los salarios más bajos, como hizo en el 2007 Ségolène Royal o más recientemente en las primarias su rival Martine Aubry. Sin embargo, ha prometido vincular la progresiva recuperación con la redistribución, piedra angular de la socialdemocracia tradicional.

De su programa de gobierno destacan dos ideas: su discurso sobre el mundo financiero y su promesa de renegociar el pacto fiscal europeo. Sobre lo primero ha declarado que su adversario es el mundo de las finanzas, el de aquellos que «ganan más durmiendo que los trabajadores en la oficina». Los intereses de la banca se han alineado con los de los gobiernos -también los progresistas- y la opulencia de sus remuneraciones ha cargado las pilas de la indignación. ¿Si hay medidas excepcionales para el 99%, no debería haberlas también para el 1%?

En segundo lugar, es valiente la idea de renegociar el pacto fiscal que han firmado 25 estados de la UE, todos menos el Reino Unido y la República Checa. El texto no aborda los problemas de crecimiento que tiene Europa ni contiene fórmulas para disminuir el récord de desempleo que hay en la eurozona; se limita a consagrar el principio de austeridad sin plan de estímulo alguno.

Sería ingenuo desconocer los límites de una victoria de Hollande. Proponer no es lo mismo que gobernar y la izquierda seguiría en abrumadora minoría en el Consejo Europeo. Pero si gana Hollande en Francia, segunda economía de la eurozona, Merkel, pendiente de elecciones en el 2013, no podrá imponer del mismo modo sus decisiones y la visibilidad de una alternativa podría dar fuerza a los progresistas europeos si estos deciden a partir de ahora coordinarse.

Máster en Relaciones Internacionales de la UE por la London School of Economics

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