11 ago 2020

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LOS SÁBADOS, CIENCIA

¿Límites a los científicos?

SALVADOR MACIP

Hay que dejar que sean los expertos los que decidan, pero escuchando todas las opiniones razonables

En 1975, el bioquímico Paul Berg organizó un encuentro científico especial en Asilomar, un parque de la península de Monterrey. En lugar de ser el típico congreso donde los expertos hablan de las últimas novedades, la Conferencia de Asilomar se llevó a cabo para decidir si había que detener en seco la investigación con ADN recombinante. Los avances de los últimos 20 años, desde la publicación del artículo de Watson y Crick sobre la estructura de la doble hélice, habían hecho posible cortar y pegar (recombinar) trozos de ADN a voluntad. Es decir, manipular la información genética. Las posibilidades eran infinitas, pero el mal uso que se podía hacer y los efectos inesperados no estaban del todo claros. Y eso asustaba a todo el mundo. De la conferencia salieron unas normas para garantizar la seguridad y la ética de los experimentos, y así se pudo levantar la moratoria que los propios científicos se habían impuesto. Berg acabó recibiendo el Premio Nobel en 1980 por sus trabajos pioneros en ADN recombinante. La tecnología se usa actualmente de forma rutinaria en todos los laboratorios y es parte integral de la mayoría de avances biomédicos de las últimas décadas, sin que haya ocurrido ningún desastre.

Asilomar es un ejemplo de cómo la comunidad científica se regula ella misma, de cómo actúa con precaución cuando hay una técnica que aún no controla y que tiene un potencial cataclísmico si no se utiliza de forma responsable. Es preferible eso a que este trabajo lo hagan políticos que, por la formación que tienen, no pueden captar el alcance real de sus decisiones. El principal argumento es obvio: imponer barreras a la ciencia ha dado lugar a algunas de las épocas más oscuras de la humanidad. Basta pensar en los problemas que tuvo Galileo con la Inquisición. Algunos verán ciertos paralelismos con las dificultades que ha habido en Estados Unidos últimamente para investigar con células madre, motivadas por las quejas de los grupos religiosos que se oponen. Se trata, pues, de un dilema muy actual. ¿Debemos fiarnos de los científicos y dejar que ellos mismos se hagan de policías o debemos marcarles los límites cuando se acercan a áreas polémicas?

El debate ha resucitado recientemente al saberse que unos virólogos han conseguido modificar el virus de la gripe aviar (el H5N1), que es muy agresivo, pero afortunadamente se transmite muy mal, hasta convertirlo en un microbio capaz de infectar animales de laboratorio con una rapidez sorprendente. Es la prueba de que este tipo de supervirus son posibles, aunque algunos expertos pensaban que no. Además, esto nos debe permitir entender y controlar mejor la evolución del H5N1 en la naturaleza y empezar a buscar estrategias para hacer frente a una posible pandemia. El problema vendría si escapase del laboratorio el que ya se ha descrito como uno de los peores virus que se conocen, o si unos terroristas aprovechasen la información publicada para construir su propia arma biológica definitiva. Ha habido quejas dentro y fuera de la comunidad científica y, finalmente, una censura parcial de los datos de los artículos después de que un consejo de bioseguridad de Estados Unidos lo haya recomendado.

Esto ha irritado a muchos virólogos, que argumentan que compartir toda la información es precisamente lo que hace que la ciencia avance y que sería peor que el virus apareciera (de forma espontánea o malintencionada) y no estuviéramos preparados. Dicen que los beneficios de este tipo de investigación son superiores a los riesgos, que los laboratorios modernos están bien controlados y que los terroristas tienen acceso a otras armas más fáciles de producir que esta. Los detractores contestan que no es tan imposible que se libere un virus por error (de hecho, ha pasado más de una vez), y que, por lo que respecta a los terroristas, ¿quién sabe hasta dónde pueden llegar si tienen las ganas y los recursos adecuados?

Nos hallamos ante un caso bastante único. Que la receta para obtener un microbio terriblemente letal esté al alcance de todo el mundo parece tan peligroso como explicar en internet cómo se hace una bomba atómica. Peor aún, porque fabricarlo requiere una inversión de dinero mucho menor que la de un programa de investigación nuclear. Pero esta investigación no tiene solamente una vertiente destructiva, sino que conocer mejor el virus nos debe servir para protegernos de él. Es lo que se conoce como tecnología de uso dual, que tanto puede servir para cosas buenas como malas. ¿Qué debemos hacer? ¿Debemos correr el riesgo de un accidente o el de no estar preparados para una posible tragedia? ¿A quién debemos escuchar? ¿Dónde tenemos que poner los límites? ¿Quién los debe poner? Quizá sí es el momento de recuperar y ampliar el espíritu de Asilomar y empezar a discutir hacia dónde nos debe llevar la ciencia durante el siglo XXI, dejando que los expertos decidan, claro está, pero escuchando todas las opiniones razonables. Médico e investigador de la

Universidad de Leicester.