La construcción de Europa

Submarinos y fragatas griegos

La compraventa de armas entre estados europeos es contradictoria con una política de defensa común

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Submarinos y fragatas griegos

FrAncina cortés

En mayo del 2010 se contaba en el Parlamento Europeo que Francia había vendido seis fragatas a Grecia por 2.500 millones de euros y helicópteros por 400 millones. Francia no fue el único país. Alemania, que según el SIPRI

(Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo) es el principal proveedor de armas a Grecia, recibió 1.000 millones de euros con la venta de seis submarinos. Como dato comparativo, la suma de estas cifras supera el presupuesto del Ayuntamiento de Barcelona para el 2011 (2.293 millones de euros) y constituye más de un 10% del de la Generalitat de Catalunya.

Daniel Cohn-Bendit,eurodiputado y portavoz del Partido Verde Europeo, acusó entonces al eje franco-alemán de condicionar el rescate de Grecia a la compra de más armamento, algo que tanto el Gobierno de Francia como el de Alemania desmintieron rotundamente argumentando que suministraban armas a requerimiento del propio Gobierno griego. Las coincidencias, sin embargo, no dejan de ser interesantes, y quizá por eso la fiscalía de Múnich investiga en este punto la posible corrupción de políticos griegos por parte de intermediarios alemanes.

La primera reacción como ciudadanos europeos es darnos cuenta de la enorme hipocresía de la situación, especialmente cuando Europa aboga internacionalmente por la paz y el desarme. Pero cuando analizamos el proceso hay que tener en cuenta otras cosas. Los contratos de compraventa de armamento, que para bien y para mal son legalmente vinculantes, se firmaron en el año 2000, cuando no se podía prever la magnitud de la crisis. No solo los primeros indicios de crisis llegaron en torno al 2005 y el 2006, sino que aquellos pronósticos no se tomaron en serio. En cualquier caso, incluso si se hubieran tomado las medidas políticas necesarias para cambiar de rumbo los impactos positivos no habrían llegado a tiempo.

Por otra parte, la Unión Europea intenta adoptar una política exterior única y coherente. En el 2004 se creó la Agencia Europea de Defensa a requerimiento del Consejo de la Unión Europea. Cinco años más tarde, a finales del 2009, el Parlamento Europeo aprobaba el informe deElmar Brok,eurodiputado del Partido Popular Europeo, para incrementar el impacto, la coherencia, la rentabilidad y la visibilidad de la acción exterior de la UE. Finalmente, en el marco del Tratado de Lisboa se fija la hoja de ruta para la política exterior y de defensa europea.

En todo caso, es contradictorio ver los esfuerzos que se están poniendo en crear una política común exterior y de defensa europea mientras paralelamente se promueve una política de compraventa de armas bilateral. Asimismo, no tiene sentido que Grecia, en la situación financiera en la que se encuentra, siga comprometiendo parte de su presupuesto y la ayuda europea recibida a la compra de armas. Mientras, Grecia se ha militarizado de una manera sobredimensionada, inducida tal vez por la proximidad de Turquía o por otras presiones estratégicas legítimas, y sus cuentas están afectando a sus balances, algo que reduce la credibilidad de toda la zona euro.

Es cierto que no podemos decidir de forma externa cuáles deben ser las prioridades defensivas de un Estado miembro, ni el grado de gasto en este ámbito que debe presupuestar un Estado. Lo que sí podemos cuestionarnos es si existe un gap entre lo que dicen las normas, en este caso el nuevo Tratado de Lisboa, y lo que está pasando realmente y de forma bilateral entre ciertos estados. Y resulta evidente que estamos ante dos realidades que hablan lenguajes diferentes y se rigen por normas diferentes: la realidad de los estados que, mediante el Consejo Europeo y la política común de seguridad y defensa, intentan funcionar de forma coordinada, y la que sucede entre las empresas de armamento y los estados miembros.

Se evidencia, de nuevo, la distancia entre la política europea y la nacional, entre los ciudadanos y las clases dirigentes, entre la realidad y la norma. Nuestros representantes a nivel estatal y europeo han hecho lo que se les pedía, pero no se cumple o no parece que se esté cumpliendo lo que el propio Parlamento Europeo ha aprobado. En defensa del trabajo de los políticos europeos podemos afirmar que los objetivos se van alcanzando poco a poco; sin embargo, la realidad es que los ciudadanos queremos más, no tenemos suficiente con pasos de hormiga. Queremos que esta distancia se acorte lo antes posible y sea más perceptible. Si no es así, no conseguiremos el apoyo y la confianza de la ciudadanía.

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Las instituciones europeas, y más en concreto la Comisión Europea, tienen que reaccionar y proponer al Parlamento y al Consejo medidas que impidan que esta situación se vuelva a producir. Hay que reivindicar el impulso de la política exterior europea en base a lo que ha fijado ya el Tratado de Lisboa y reducir la política militar de los diferentes estados miembros.

Director de la Fundació Catalunya Europa.