14 jul 2020

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LOS SÁBADOS, CIENCIA

El ocaso del sabio loco

SALVADOR MACIP

La tentación de actuar al margen de la ley para conseguir algún beneficio también se da entre científicos

La ciencia da miedo. Da miedo porque es una gran fuente de poder. Que tanto poder esté en manos de los pocos que son capaces de entenderlo nos hace desconfiar. Por eso en las películas el malo suele ser un sabio loco sin ninguna consideración por sus compañeros de especie. ¿Pero somos realmente peligrosos los científicos? Si hacemos caso a los periódicos, parece que últimamente nos hayamos vuelto más corruptos. Diría que es más bien al revés: los que se saltan las normas cada vez son menos porque los descubrimos más fácilmente. La tentación de actuar al margen de la ley para conseguir algún beneficio está presente en todas las profesiones, la nuestra no podía ser una excepción. Pero lo que parece que hacemos mejor que otros ramos es asegurarnos de que paguen el precio los que se pasan de la raya.

Como el caso de Diederik Stapel, descubierto a finales de octubre. Stapel era un psicólogo que con solo 45 años había logrado convertirse en uno de los más respetados y productivos de Holanda. Hasta que se descubrió que se había inventado los datos de la mayor parte de sus trabajos de investigación. Dos de sus colaboradores encontraron muy extraño que nunca les dejara ver las cifras originales de los estudios que decía que había hecho y lo acabaron denunciando. Pocos días después de empezar el alboroto, la presión hizo que Stapel admitiera su culpa y devolviera el título que le había dado la Universidad de Ámsterdam.

Hoy en día las farmacéuticas, el coco preferido de mucha gente, tampoco se libran cuando cometen irregularidades. A principios de mes, GlaxoSmithKline daba 3.000 millones de dólares en Estados Unidos para resolver una serie de investigaciones sobre la comercialización fraudulenta de sus fármacos. Pfizer tuvo que pagar 2.300 en el 2009, el mismo año que Eli Lilly & Co desembolsó 1.400. Son señales de advertencia suficientemente estridentes como para que las compañías entiendan que no hacer las cosas de una manera ética tiene serias consecuencias. Es una lección que estoy seguro de que van aprendiendo. El problema del fraude científico, tanto a nivel personal como corporativo, es que los efectos se esparcen como las ondas que crea una piedra cuando la tiramos a un lago, hasta que al final son los enfermos quienes los acaban recibiendo. Esto no nos lo podemos permitir y debemos actuar con toda la celeridad posible.

Escándalos como estos seguirán ocurriendo, es inevitable: la ambición, la codicia y la arrogancia siempre serán malas consejeras. Pero ahora tenemos las armas para detenerlos. En otras épocas de la historia no era así y hemos visto cómo se han cometido abusos increíbles en nombre de la ciencia. Como el experimento de Tuskegee (1932-1972), en el que el Gobierno de Estados Unidos infectó con la sífilis a un grupo de granjeros negros de Alabama y les privó de tratamiento solo para ver cómo evolucionaba la enfermedad. Entre 1946 y 1948, también los norteamericanos hicieron estudios similares con más de 1.500 presos y enfermos mentales de Guatemala, un hecho que no se descubrió hasta el 2005. El Gobierno pidió disculpas oficialmente a Guatemala el año pasado y estableció un comité de expertos para asegurarse de que nunca más volvería a suceder algo parecido. Más conocida es la experimentación en humanos llevada a cabo durante la segunda guerra mundial, tanto en los campos de concentración nazis como en la tristemente célebre Unidad 731 del Ejército japonés.

Sería normal pensar que con antecedentes como estos los científicos nos hemos ganado a pulso la animadversión del público. Pero una vez consigues superar el horror de las imágenes que conjuran estas historias de puro desdén por la dignidad humana te viene a la cabeza una pregunta lógica: ¿qué se obtuvo de todos aquellos trabajos? Uno de los principales problemas que tenemos los investigadores biomédicos es que no podemos probar las hipótesis en nuestro sujeto de estudio, el hombre, o al menos no hasta que se han superado una serie importante de pruebas de control. Esto hace que la investigación avance muy lentamente. ¿Qué descubrieron aquellos a los que su falta de ética les permitió saltarse estas normas básicas? La ciencia debería haber dado un paso adelante importante en algunos campos, aunque el coste se hubiera pagado en sufrimiento y vidas humanas. Pero no fue así. Salvo casos muy concretos, ninguno de estos experimentos nos ha aportado la más mínima información útil. ¿No es sorprendente?

Pues no. La razón es muy clara: aquellos criminales no tenían nada de científicos. Locos, sí, pero no les podemos llamar sabios. El diseño de sus experimentos era tan absurdo como cruel y por eso los datos generados resultaron del todo irrelevantes. Ser un megalomaniaco sin piedad parece que no es compatible con nuestro trabajo. Y es que, a pesar de la mala reputación que tenemos a veces, esto demuestra que alguien que no ame y respete al ser humano nunca podrá ser un buen científico.

Médico e investigador de la

Universidad de Leicester.