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La economía internacional

Persistencia china, fatiga europea

Carlos Carnicero Urabayen

Es ingenuo que la UE pretenda ayuda financiera del gigante asiático sin antes haber hecho los deberes

La década del 2000 fue sobre todo la de la emergencia de Oriente y la decadencia de Occidente, y no la del choque de civilizaciones de Huntington. Mientras Occidente ponía su atención en reconstruir el World Trade Center tras el 11-S, China consolidaba de manera silenciosa su etapa de apertura al exterior y eclosión económica. Los chinos veían en el modelo europeo un ejemplo, pero también una amenaza: reflejaba sus propias contradicciones. Sin embargo, la forma en que Europa está gestionando su propia crisis cubre con una nube espesa el poder blando del que siempre ha hecho gala, además de evidenciar aún más la firmeza china en su ascenso. Y es que, con muchas contradicciones, a Pekín no le tiembla el pulso.

El carácter chino resulta muy esclarecedor. Deng Xiaoping, padre político de la China de hoy, no desfalleció para desarrollar sus ideas. Su trayectoria no fue fácil: quedó apartado y marginado en su partido al ser considerado un traidor de las ideas maoístas. Y su familia pagó cara su heterodoxia: su hermano menor fue inducido al suicidio, y su hijo más joven fue lanzado desde un edificio por guardias rojos y quedó paralítico. Pero Deng no abandonó el barco, confiado en que su momento llegaría. Y así fue cuando, tras la muerte de Mao, Deng accedió al poder a los 74 años. Era 1978 y la revista Time le nombró hombre del año.

Una suerte parecida ha corrido Xi Jinping, quien presuntamente sustituirá al presidente Hu Jintao en el 2012. También sufrió en sus carnes -y las de su familia- la intransigencia del partido hacia los electrones libres. Su padre, Xi Zhongxun, fue torturado y encarcelado durante la Revolución Cultural y él mismo fue enviado al campo a trabajar durante seis años, cuando solo tenía 15. Pero ambos supieron esperar: el padre tuvo un papel importante en los años de reforma encabezados por Deng y al hijo le llegará pronto su momento en la presidencia china.

Enfrente del régimen, la regla de la persistencia china se confirma. El más célebre opositor, el artista Ai Weiwei, continúa valientemente con sus denuncias a pesar de que fue liberado bajo la condición de guardar silencio. En un artículo en la revista norteamericana Newsweek volvió a levantar la voz contra las injusticias del régimen. Pero parece difícil que mientras China siga creciendo de esta manera la llama de Ai Weiwei coja fuerza en el interior de una sociedad todavía dormida. Quizá hasta que el crecimiento no sea tan pujante.

Como no debiera haber liderazgo mundial sin responsabilidad y las cargas que de ella se derivan, los chinos se han ofrecido a ayudar a Europa a salir de su crisis. Y su ayuda, como casi todo en las relaciones internacionales, no será gratuita. Por boca del primer ministro, Wen Jiabao, han pedido que Europa les reconozca como economía de mercado. Los europeos se muestran reticentes a otorgar este estatus a China, a pesar de que en todo caso le será concedido en el 2016. Pero sobre todo se muestran incapaces de tomar las decisiones adecuadas para salvar el euro y, de paso, salvar la Europa que conocemos. Si en el pasado los chinos han observado con admiración y han apoyado el proceso de integración europeo, ahora están perplejos ante la incapacidad de unos europeos que, con el agua al cuello, no reaccionan.

Primero el imaginario colectivo se distrajo con la pretensión de que la crisis griega era solamente helénica, pero pronto fue evidente que era en realidad europea. Ahora el diagnóstico de los expertos es certero: hace falta avanzar en la unión económica y tapar las vías de escape de la mal diseñada unión monetaria, avanzando en la convergencia fiscal, creando eurobonos, agencias públicas de calificación, etcétera. Pero los mandatarios, cumbre tras cumbre, toman tibias decisiones y aplazan otras importantes, atrapados por sus compromisos electorales locales, alargando así el secuestro que viven los europeos a manos de los mercados.

La velocidad con la que suben y bajan las primas de riesgo es inversamente proporcional a la lentitud con la que Europa funciona. Nuestra debilidad quedó bien reflejada cuando Eslovaquia, con 5,5 millones de habitantes y que tan solo participa con un 5,5% del fondo de ayuda, puso en jaque durante un par de días la reforma del principal instrumento con el que cuenta Europa para hacer frente a la crisis del euro, el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera. En Pekín, con una población que supera los 22 millones, les debió de producir risa.

La persistencia china por crecer y ocupar un primer puesto mundial choca en Europa con una suerte de fatiga, la de sus ciudadanos hacia una ineficaz UE y la de sus políticos para mirar por encima de sus fronteras nacionales y desafiar el corto plazo. Y es que los liderazgos periféricos, en los que cada dirigente europeo pretende salir de la crisis por sí solo y sin avanzar decididamente en el núcleo, la Unión, son puro ilusionismo. Como la ingenua pretensión de esperar ayuda china sin antes hacer los deberes en casa.

Máster en Relaciones Internacionales de la UE por la London School of Economics.

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