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Una sociedad civilizada se distingue entre otros detalles por el trato que dispensa a los animales. En este sentido, Catalunya se ha presentado en muchas ocasiones como un país avanzado, tanto por la intensa actividad de las asociaciones en su defensa como por una legislación que intenta evitar el mal trato y persigue una mayor dignidad de los seres vivos. Siguiendo esa línea, las normas referentes a la protección de animales, desde la pionera ley de 1988 hasta las últimas ampliaciones, incluso la prohibición de las corridas de toros, nos hablan de una sensibilidad especial.

Las leyes, sin embargo, a menudo chocan con la realidad, y más si se demuestra su poca capacidad coercitiva o la dificultad con que se encuentran al hacerse efectivas. Tanto las cifras del registro general de animales de compañía, implantado hace ocho años, como las que se derivan de la obligación de identificar a las mascotas a través de la implantación de chips, nos demuestran que el conocimiento que la Administración tiene de la población de perros y gatos (la más numerosa, obviamente) alcanza un nivel bajísimo, escandalosamente inferior al que pretendía la ley.

El control es básico en este universo. Por muchas razones, entre las que destacan la necesidad de asumir una responsabilidad cívica, el hecho de evitar enfermedades o la propagación de las mismas, y también la presión que se ejerce sobre el ciudadano propietario de animales para que no los abandone impunemente.

El problema que se plantea en estos momentos es aunar los intereses particulares con los colectivos. Conviene una mayor diligencia en las prácticas cotidianas de los ayuntamientos, que están en primera línea en el intento de velar porque la ley se cumpla, y conviene un trasvase efectivo de datos entre laconselleriay los veterinarios para que el hasta ahora secretista AIAC (Arxiu d'Identificació d'Animals de Companyia), en la práctica un monopolio profesional, se incorpore sin dilación al nuevo registro Anicom.

El bien social debe estar por encima de los intereses gremiales, con la finalidad de poder controlar un mundo - el de este tipo de animales - que, hoy por hoy, vive en una especie de limbo, el universo disperso de las mascotas.